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Ayer estuve en una fiesta de 15 años. No estaba en una desde que tenía…15 años. Es decir, hace justamente…15 años. Antes de llegar recordé esa época, cuando debía pedirle permiso a mis padres para salir con mis amigos y tenía una hora de llegada que siempre incumplía, porque mi madre decía que yo tenía la necesidad de quedarme hasta que sacaran al último borracho y empezaran a pasar la escoba. La amiga de mi mamá, abuela de la quinceañera, se sentó con nosotros en la mesa y al vernos a mi hermana y a mi dijo: ¿A qué hora se nos pasó el tiempo? Hace nada que teníamos la edad de ellas. Y yo hace unos minutos estaba diciéndole lo mismo a mi hermana mientras mirábamos al grupo de los quinceañeros, que hacían un esfuerzo infructuoso por aprender a bailar dignamente.
Dos semanas atrás, la fiesta fue por un matrimonio. Uno más de los que he tenido en los últimos tres años. Un amigo me dijo una vez: “¿No crees que está de moda casarse?”. No -le dije-. Estamos en la edad en la que la gente se casa, que es diferente.
Luego de descargar las fotos de esa boda a mi computador, encontré una imagen en la que estaba el novio, ahora esposo, con un grupo de amigos del trabajo de aquella época –hace 6 años- celebrando la final de un campeonato de fútbol. Como un anciano que revisa una foto con sus amigos para ver cuáles siguen vivos, me vi repasando cuál de ellos estaba soltero: ninguno. Me dio nostalgia. Puede que exagere por el miedo evidente que tengo a envejecer, pero me aterra la manera infame en la que se pasa el tiempo y uno apenas puede dejarlo ir sin remedio. Las cremas para las patas de gallina no tienen ningún efecto, los amigos cada vez están más calvos y barrigones, nosotras con un asomo de papada que empieza a redondear la cara.
A los 14 años me moría por maquillarme en oposición a los adultos que me decían: “Con esa piel tan bonita no tiene necesidad de ese pañete”. Y ahora, a los 30, que puedo maquillarme cuanto quiera, intento usar lo necesario para que no se marquen y evidencien las líneas de expresión.
El otro día fui a ver American Pie 5, una comedia absolutamente divertida, que me resultó una concepción filosófica y existencialista sobre los 30: adultos que se niegan a dejar de ser jóvenes para ponerse el rótulo de madurez. Amigos que hasta hace poco se escapaban de casa para comprar una botella de trago y ahora no toman más de dos cervezas porque el guayabo los mata al día siguiente. Bueno, contando con que hubieran aceptado la salida, porque otros se quedaron en casa cuidando a los niños.
Sin embargo, luego de salir de la fiesta de 15 años sentí que si me dieran la posibilidad no regresaría a aquella época, porque la satisfacción que da la vida con el paso del tiempo no se tiene a esa edad. Los momentos van adquiriendo un sabor exclusivo que solo dan los amigos cultivados con el tiempo, las pasiones añejadas y los gustos que nos hacen pasar de fanáticos a conocedores. Lo importante, creo yo y es mi lucha diaria, es no asumir que la madurez es sinónimo de aburrimiento, que el trabajo es lo único y más importante en la vida y que convertirse en esposo, esposa, mamá o papá es igual a una vida monótona sin esas emociones que tenían los pequeños detalles cuando estábamos en la adolescencia.
En Twitter @soymanzanadulce
