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Cuando tenía 12 años aprendí a cocinar. Bueno, aprender es un decir. Mi mamá me enseñó a hacer papas y arroz. Mi abuela materna estaba hospitalizada y mientras ella la acompañaba, yo debía ir “adelantando el almuerzo”. Y ahí se acabó mi aprendizaje. Ahora hago lentejas quemadas, pongo la milanesa en agua para descongelarla y me como la pizza precocida cruda, ante mi ignorancia de que se cocina en el horno, no en el microondas.
Aunque pienso que algún día debería aprender de mi madre a hacer fríjoles, mute y, sobre todo, postres como brevas, arroz con leche, masato o maíz amarillo frito. Escasamente hago natilla, porque sigo las instrucciones de la caja.
Será por eso que me asombró un programa de Discovery Travel and Living que vi una noche pasando canales. Se trataba de un grupo de 20 niños chef desde los 8 hasta los 13 años que se enfrentaban a ser juzgados por tres críticos gastronómicos. Los niños debían preparar magistralmente un platillo que incluyera pollo y verduras. El resultado me dejó sorprendida porque presentaron unos platos que ni mi dedicada madre, con una experiencia de 30 años, no tiene idea de cómo hacer. Los pequeños hablaban como auténticos adultos, defendían su receta y explicaban la preparación con ingredientes y técnicas absolutamente sorprendentes. Pollos guisados, tortas con verduras, en salsas de vino o champiñones. Todo, al mejor estilo de un restaurante con estrellas Michelin.
Lo que más me sorprendió es que los niños estuvieran haciendo el papel de adultos, presionados para crecer tan rápidamente y tener la presión de la competencia y la dureza del fracaso en esas dimensiones. Estoy segura de que estos chiquitos no tendrán demasiado espacio para el juego por estar metido entre los mercados, ingredientes, precios y cocinas.
Aunque ahora que lo pienso, el programa es igual a los demás realities que involucran niños en los que los ponemos a cantar o a bailar en unas competencias duras y estresantes. Qué bueno es que los niños disfruten de sus pasiones, pero de una manera lúdica y no condicionada al triunfo y al fracaso que los pueda llenar de estrés y de altas dosis de frustración. Y si de esto está llena la vida adulta, qué bueno prepararlos, pero ¿para qué acelerarlo y acortar el placer de ser niños?
