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Hace muchos años cuando no había sido mamá, leí el libro “Por tu propio bien” de Alice Miller, psicoanalista que se dedicó posteriormente a la investigación sobre el mundo infantil. Aunque no recibí malos tratos “por mi propio bien”, me impactó leer sobre los graves efectos en la sociedad que tiene el “maltratar para educar” y dominar el carácter de un niño a través de la desgracia que traen los golpes y la degradación, infortunio que se transmite por generaciones si constituye el único modelo de referencia para la crianza. Me prometí a mi misma que si me convertía en madre, no afectaría a mis hijos ni a la sociedad con seres humanos agraviados que a su vez menoscaben a los demás o a sí mismos y entendí que el maltrato no solo es pegar; es descuidar, es manipular, es abusar, es castigar, conductas estas en muchas ocasiones amparadas dentro del término “educar”.
Según la autora de este y otros libros como "El drama del niño dotado", un niño vulnerado es un niño que reprime y guarda profundas lesiones que afloran más adelante en maltrato. Esas heridas están guardadas muy adentro por el abismal dolor y rabia que causa el no poder defenderse, el no poder expresar, el no lograr ser como se espera para conseguir finalmente el amor y la aceptación de los padres. Y están ahí presentes y a la espera de ser descargadas en los propios hijos, en sí mismos o en los demás, repitiéndose la historia en cada generación.
Para Alice Miller, la solución está en confrontar las situaciones violentas vividas en la infancia, elaborarlas y contrarrestarlas con la ayuda de la sociedad misma, encontrando un camino, tal vez con ayuda de profesionales que contribuyan a entender que los enfermos eran los otros, aquellos que les hicieron daño.
La sociedad en la que hay niños que no han sido vulnerados con el peso duro de la violencia, está llena de personas que llegan al mundo a amar, a desenvolverse, a abrirse campo, a manifestar sus necesidades y sus sentimientos, a ser tomados en cuenta y tomar en cuenta a los demás, a respetar y ser respetados.
Es por eso que es tan importante durante los primeros años de vida especialmente y siempre, amar a nuestros niños, protegerlos, cuidarlos y respetar su integridad física y moral. De esta manera, ellos proyectarán ese amor a sus propios hijos cuando sean padres y la sociedad tendrá personas que entienden a los demás, que protegen a los otros, sobre todo si son más débiles; individuos solidarios, que sientan, que quieran vivir, que amen a los demás y se amen a sí mismos; personas que no tengan la necesidad de dañar o dañarse.
