¿Ya estás registrado? Ingresa aquí

Comentarios
Hace seis años, dos amigas mías se vestían de tenis, jeans rotos y camisetas ajustadas de colores. Hoy, las dos están casadas, son mamás y aunque trabajan, lo hacen en cortas jornadas y se dedican casi exclusivamente al hogar y al cuidado de sus pequeños. Por otro lado, otro par de amigas se enternecen cuando hablan de maternidad, pero aún no están pensando en el asunto y se entregan a largas jornadas laborales. No solo eso. Son las que tienen tiempo cuando las invito a algún bar a tomar unos martinis o a reunirnos en alguna casa para hablar y comer. Están pensando en su posgrado, salir del país y si queda tiempo, quizás, en una relación.
El tema no es nuevo: las mujeres, su vida laboral y la familia. Hace unas semanas, la ejecutiva estadounidense Marissa Mayer fue noticia por su embarazo, pues siendo presidenta de Yahoo, es una de las mujeres poderosas de Silicone Valley (la matriz en California de las casas tecnológicas más importantes del mundo). Alguna vez, en una entrevista que hice a una sicóloga, me dijo que sin ser machista, cree que el papel de la mujer en la familia se ha desdibujado, pues sus múltiples tareas no le permiten proveerles a sus hijos la verdadera atención que estos necesitan. “Niños solos, acostumbrados a obtener sus antojos, con problemas de atención y adolescentes suicidas o problemáticos”, decía la experta. No supe qué contestarle y aún no creo tener una posición clara al respecto.
Por supuesto comparto la idea de que la mujer debe desarrollarse profesionalmente y, por ende, personalmente, pues de un trabajo surgen también relaciones sociales, retos personales, crecimiento académico y laboral, además de ingresos e independencia. Sin embargo, creo que los seres humanos convertimos nuestras oficinas en la peor soga que nos ata el cuello: horas absorbidas por una rutina laboral que solo hoy es importante, porque el problema que soluciono ahora ya no tiene trascendencia mañana; más tiempo del justo resolviendo informes, haciendo presentaciones y tareas asignadas, que reemplazan nuestra vida personal. Si uno no se obliga a buscar un tiempo propio, lo pierde fácilmente. Hay quienes se van del trabajo a la casa a comer, ver televisión y dormir. Ya poco se sale con los amigos, se ve una película con los hijos o se da un espacio en pareja, porque ¿con qué tiempo? Dejamos de ser “nosotros”, para ser un empleado. Y si ese ser se desdibuja, imagínese lo que pasa con los hijos.
La solución parece titánica y hasta imposible: una vida laboral con límites, en la que los jefes (seres humanos con familias…) asignaran menos tareas, hubiera más personas para determinadas funciones y tiempo libre respetado. Algún día entrevisté a Carl Honoré, el líder del Movimiento Slow que invita a la gente a tomarse la vida con calma y no hacerle juego a esta falta de tiempo y múltiples funciones que nos quiere imponer la rutina diaria. Decía él, si mal no recuerdo, que un estudio pudo determinar que aquellas personas que están por morir, jamás echaban de menos haber pasado más tiempo frente al televisor o en la oficina, sino que se culpaban por no haber disfrutado la vida de otra manera junto a los seres que querían.
Comentarios (5)