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En mi anterior post, Constelaciones Familiares I, les conté sobre mi primera experiencia en este tipo de terapia sicológica, que emplea la memoria familiar como espina dorsal para encontrar la causa y solución del 70 por ciento de los problemas en la vida cotidiana de los seres humanos. Les prometí que les contaría sobre la primera vez que fui representante en la constelación familiar de alguien más y, aquí va la historia. (Es ideal que leas ese primer post para comprender el siguiente relato).
Esa noche, ya habían sucedido tres constelaciones y nadie me había elegido para representar. Pero fue en la última que Felipe me pidió que lo representara a él. No sabía cómo sucedería aquello de sentir, literalmente, los sentimientos de alguien más. No se trataba de dejar de ser Juliana para actuar como otra persona, sino de mantener mi consciencia, pero prestando mi cuerpo para albergar las emociones de alguien más. Ese día yo sería Felipe en su constelación familiar. Cerré mis ojos, él puso sus manos en mis hombros mientras pensaba en él mismo.
Éligió a otras dos personas que representarían sus dos carreras profesionales, las que lo tenían en la disyuntiva por la que iba esa noche. En medio del salón, rodeada por quince personas más, pensé que no iba a sentir nada y no podría ayudar a Felipe que me miraba con la intención de encontrar en mi actuación, la respuesta a su inquietud. Las otras dos personas también estaban de pie en medio del círculo.
Una de ellas se me acercó y sentí escalofrío en el brazo derecho, entonces me retiré contra una pared. Allí, empecé a sentirme desprotegida, abandonada y con ganas de llorar. Pero yo, Juliana, no tenía ningún motivo para sentirme así. Sin embargo, le di la espalda a todos y me recosté contra la pared, como buscando protección. Allí me quedé sin fijarme en lo que pasaba a mi alrededor. Entendí que Rocío, la sicóloga que lideraba esa constelación, le había pedido a Felipe que eligiera otra persona entre los asistentes para representar a alguien más y le pidió a esa persona que se acostara en el piso. “Un muerto”, pensé. Cuando hay alguien en el suelo durante una constelación, significa que representa a alguien que ya no está con vida. Cuando Rocío me pidió que me volteara y la mirara, experimenté uno de los miedos más grandes en mi vida: la verdad, fue el miedo más grande de mi vida. Ni siquiera me sentí así cuando vi un espanto al lado de mi cama en una finca de Sasaima, pero esa es otra historia.
Aunque la persona que estaba en el suelo era Mildred, la hermana de Rocío, empecé a llorar aterrada, asustada, contra la pared. Sentía la necesidad de llorar y llorar, por el miedo que me consumía. Rocío se acercó y me calmó poniendo la mano en mi espalda. Luego, me pidió que le dijera algo que no recuerdo con exactitud, como que reconocía a esa persona, la veía, pero la dejaba ir. Poco a poco el miedo se me quitó y me fui acercando, hasta que ella se puso de pie y por indicación de la sicóloga me dijo que yo debía quedarme tranquila, que ella se iba y yo tendría mi momento también de partir. Sentí una inmensa calma, la abracé y ella salió del salón.
Las otras dos personas que estaban desde el comienzo conmigo en el círculo permanecían a mi lado. De repente empecé a sentir que una de ellas me miraba fijamente y de nuevo experimenté miedo y me alejé. Ella es una de mis grandes amigas, pero en ese momento estaba representando una de las profesiones de Felipe. Cuando la miré a los ojos sentí tanto odio y rabia en su mirada que de nuevo empecé a llorar y rogaba que se alejara. Cuando le preguntaron qué sentía, ella decía precisamente que rabia y desilusión. Rocío entonces entró a equilibrarlo todo y le pidió a ella que me dijera: no soy una obligación, estoy en tu vida para cumplir un objetivo. De repente, sentí mis hombros livianos, como si acabara de botar un gran peso al suelo. Pude verla a los ojos, aunque aún con incomodidad, pero sin miedo.
Luego de esto, Felipe me abrazó y me dio las gracias por haberlo representado. Esa noche supimos que en su vida como militar, un superior y amigo suyo había muerto en medio de una operación y él sentía que la bala era para él. Esa era la persona en el suelo por la que yo lloraba con desesperación y temor. Luego, Felipe abandonó esa carrera para comenzar una que se le había convertido en una especie de obligación y todos los días añoraba el regreso a su primera profesión. Esa segunda carrera era la que mi amiga había representado y pro eso me miraba con aquella rabia y desilusión.
Así viví mi primera representación en una constelación. Terminé agotada por el llanto, pero completamente feliz por haber contribuido en el cierre de un duelo que Felipe creía sanado y en su deseo para regresar a esa profesión que siempre le había dado tanta felicidad. Salí de ahí junto con mi amiga que se disculpó por mirarme de tal manera que me produjo terror: “Juli, eres una persona muy importante en mi vida, jamás te miraría así”. Yo lo sabía, porque ella era mi amiga, la que le había prestado su cuerpo a los sentimientos de Felipe y de su vida, para sanar todo lo que estaba en el lugar equivocado y le había producido tanto dolor.
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Realmente nunca habia escuchado esto, me impacto saber que existe una alternativa para sanar la heridas en lugar de guardarlas,muchas gracias por compartir tu experiencia