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Por María Carolina Sánchez Thorín
Psicoterapeuta de familia y niños
Nuestros hijos, desde su primera infancia, recorren un camino complejo en la construcción de su identidad y de los parámetros morales que les permiten identificarse en un medio. Si permitimos que los niños pequeños reciban de nosotros mensajes equívocos o mentiras, creamos en ellos una confusión que no les permitirá discernir en la toma de decisiones y la autonomía.
Si un niño nos pregunta por qué paramos ante la luz roja del semáforo, sería equívoco responder que hay un policía vigilándonos. Si, por el contrario, le transmitimos el valor de seguridad y vida, este pequeño empezará a crecer con valores coherentes.
Las reglas existen para establecer los principios de convivencia en sociedad. Nuestros niños dependen de nosotros para entender y cumplir las las normas. Cuando, con nuestro ejemplo, incumplimos las leyes establecidas, reducimos la capacidad de frustración en los niños, generando un sentido de la moral que es relativo a mis deseos y no al bienestar de una comunidad.
Así, pues, no es de extrañar que, sin darnos cuenta, estemos esculpiendo adultos incoherentes y deshonestos. Naturalmente, ningún padre quiere esto para sus hijos, por lo que nuestro ejemplo y nuestra posición clara frente las normas deben ser pilares en la educación.
Hagamos de la legalidad un fundamento mástil en los proyectos de crianza de los niños desde su nacimiento.
