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Lazos para siempre

Lazos para siempre

Regular las emociones es algo que se enseña, y para lograrlo debes tener una conexión con tu bebé.

Lazos para siempre
Por: Catalina Gallo Rojas
13 de Noviembre de 2015
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Estar presente, con cuerpo y alma en el aquí y el ahora, en cada momento que se comparta con el bebé es, para Ximena Silva, psicóloga transpersonal y sistémica familiar, la clave para que la madre cree un vínculo sano con su bebé.

Las relaciones:

regulador natural Juana Morales Sáenz, psicóloga especializada en crianza y desarrollo, explica que el ser humano aprende a regular sus emociones a través de las relaciones, y la primera conexión que tiene el recién nacido en su vida es la que establece con su madre.

Los primeros 3 años de vida, explica, son fundamentales, porque durante este tiempo se construyen los patrones en el cerebro, cómo se relacionará ese ser en el futuro, cómo manejará sus emociones, cómo pondrá atención al mundo.

Los cuatro elementos fundamentales de una buena conexión entre madre e hijo son, según la psicóloga: primero, garantizar un contacto visual, prestarle atención, estar frente a frente, mirarlo cuando lo bañan, al cambiarle el pañal, cuando lo alimentan, hablarle, sonreír con él, responder a sus miradas, a sus gestos.

El segundo es garantizar presencia. Estar con el bebé plenamente, sin teléfonos, sin dobles agendas, sin montones de ruido, conscientemente, como dice Silva.

El tercer elemento es el contacto físico, besos, abrazos, masajes; y, por último, realizar alguna actividad divertida o de juego con el bebé, hacer una rutina con títeres, cantar rimas, mirar las manos, esconder la cara detrás de una cobija, hacer palmas.

Para que el niño pueda regular sus emociones, aprender a reconocerlas y sepa qué hacer con estas cuando sea adulto, además de esa conexión fundamental con su madre y sus cuidadores, necesita saber que está en un lugar seguro y predecible. Y esto se logra con rutinas, hábitos de sueño y de alimentación, por ejemplo. Cuando el niño crece en un ambiente seguro, el cerebro se desarrolla mejor y establece mejores patrones para desenvolverse en la vida, esta tranquilidad la generan los adultos cuando enseñan que después del baño viene la comida y luego la siesta, que ahora llegó el momento de jugar o que cuando se apaga la lámpara es hora de dormir. Lo predecible le permite al pequeño sentirse a salvo.

Cuando ya el bebé ha crecido un poco, hacia el año y medio o dos, es importante enseñarle a manejar el momento difícil, sus rabias, sus pataletas, sus frustraciones, aconsejarle respirar con calma para entender qué le pasa, nombrarle sus propia emociones, explicarle que eso que siente es rabia o tristeza, o sencillamente hambre y sueño.

Él no sabe qué le pasa, no entiende qué es ese ‘revuelto’ que siente, por eso es responsabilidad del adulto enseñarle a identificar cada una de sus emociones; las palabras se convierten así en una herramienta fundamental para reconocer y aprender sobre sí mismo. Y en este proceso de nombrarlas es clave validarlas, decirle a ese niño que el adulto entiende esa emoción, que está permitido tener sueño o hambre, y que el pequeño puede aprender qué hacer en esos momentos.

Actitudes como estas son las que le facilitan al niño conocerse a sí mismo, poco a poco porque, como dice Morales, “los niños aprenden a regular sus emociones, y eso es algo que se enseña”.

Al crecer

Si bien el trabajo durante los primeros 3 años de vida es fundamental, eso no significa que el niño no deba seguir aprendiendo a manejar sus emociones.

El siguiente paso, que se logra hacia los 5 años, es el reconocimiento del otro, es descubrir que si yo le pego a alguien, a ese otro le duele, es comprender que si digo algo desagradable, quien lo escucha se puede molestar. Porque el equilibrio de las emociones personales pasa por el reconocimiento de las emociones de las demás personas, por lo que en un futuro, cuando sea adulto, podrá traducirse en empatía, en la capacidad de ponerse en los zapatos del otro para descifrar qué siente o qué le puede estar pasando a alguien distinto a él.

Para lograr estos primeros pasos hacia esa comprensión del otro, lo que pueden hacer los adultos es cuando, por ejemplo, el pequeño empuja a otro niño y ese niño se molesta, decirle: “mira, tal vez a él no le gustó que lo empujaras“. No en tono de regaño, ni agresivo, mejor con voz de explicación, como haciendo énfasis en la situación de quien tiene un dolor físico o emocional.

También resultan importantes frases como: “deja a tu papá descansar que ha tenido un día difícil en el trabajo”, o “por favor dame 10 minutos que ahora estoy molesta y deseo calmar mi enojo”. Ejemplos como estos le permiten al niño entender que los demás también tienen sus emociones y sus propios sentimientos.

De acuerdo con Juana Morales, enseñar que el otro se afecta por nuestras acciones, que causamos emociones negativas y positivas en los demás, es un mecanismo muy útil para prevenir, desde muy temprano, el matoneo, pues le permite al pequeño aprender a mirar a los otros seres humanos.

Así, el niño pasa de reconocer sus propias emociones a terminar sus primeros años de vida con la capacidad para entender que él también afecta a los otros, y que le es posible relacionarse entre todos desde las emociones sanas y reguladas.

 

 

 

 

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