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La ansiedad y la angustia aparecen desde los primeros años de vida

La ansiedad y la angustia aparecen desde los primeros años de vida

La mayoría de los adultos subestiman el estrés en la vida de los niños.

La ansiedad y la angustia aparecen desde los primeros años de vida
Por: Diana Bello
25 de Mayo de 2010
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Hace dos años Claudia Gómez, madre y sicóloga de terapia de familia, empezó a ver a su hija Cristina, en ese entonces de 9 años, llegar del colegio con los ojos rojos, de mal humor, impaciente, llorando y agotada. Tras analizarla, llegó a la conclusión de que Cristina sufría de estrés infantil.
Esta es una reacción normal del ser humano frente a los cambios. Pueden padecerlo desde neonatos hasta niños de 7 años. “El bebé en el útero tiene experiencias de estrés porque la madre le transmite cortisol, hormona que se produce cuando hay estrés, a través del cordón umbilical”, explica María Carolina Sánchez, sicóloga y sicoterapeuta de niños.
Aunque es una reacción normal, conviene estar atento al tipo de estrés que se padece, pues en algunos casos altera el comportamiento, las emociones y la salud física. Puede generar un cambio en el tipo de conexiones neuronales del cerebro debido a la presencia excesiva de cortisol, lo cual afecta el hipocampo, sector del cerebro destinado al aprendizaje y la memoria.
De acuerdo con María Carolina, hay un estrés normal que acompaña la vida de cualquier niño y está relacionado con diferentes momentos del desarrollo.“Por ejemplo, cuando aprende a caminar o entra al jardín”, comenta Sánchez.
Existe otro tipo de estrés denominado agudo. Surge a raíz de una vivencia traumática, como la muerte de un familiar cercano. Si hay suficiente apoyo de familiares y amigos se supera con el tiempo.
Por su parte, el estrés de tipo crónico se reconoce como una ansiedad persistente frente a una situación que no cambia. “Si hay maltrato, negligencia o sobreexigencia escolar que no se supera, hablamos de un estrés crónico”, comenta María Carolina.
A Cristina las responsabilidades académicas terminaron por generarle un problema de estrés. “El nivel de tareas era muy alto y ella siempre estaba angustiada hasta el punto de volverse obsesiva con la limpieza de sus manos y arrancarse los pellejos de las mismas”, recuerda Claudia. En este caso, su madre la ayudó a manejar el estrés a través del diálogo.
Sin embargo, algunos pequeños sufren de estrés dado que nadie se percata de lo que ocurre y hay negligencia o maltrato. Este es el estrés más grave, pues el infante carece de los elementos emocionales para resolver un conflicto.

Esté atento a las señales de alerta
La principal razón por la cual los adultos tardan en reconocer que su hijo sufre de estrés es porque tienden a subvalorarlo, asumiendo que su comportamiento se debe a desobediencia. Algunos síntomas claros de estrés crónico son:
- Cambios en el apetito: deja de comer o lo hace compulsivamente.
- Dolores de cabeza, de estómago y desórdenes digestivos entre diarrea y constipación.
Puede haber cambios en el control de esfínteres. Es muy común en niños entre 2 y 7 años que se orinen o se hagan popó en los pantalones.
- Trastornos en el sueño: el niño no se puede dormir, se despierta muchas veces en la noche o tiene pesadillas recurrentes.
- Tartamudea con frecuencia: su expresión verbal empieza a mostrar signos de ansiedad. Cambios de comportamiento: Antes jugaba feliz, ahora realiza juegos agresivos.
- Nicofagia: se come las uñas.
- Se rasca el pelo o se lo arranca y tiene todo tipo de tics nerviosos.
- Se golpea contra las paredes.
- Hace pataletas recurrentes que no tienen una causa clara para los padres.
- Tiene un miedo cronológico y arraigado. Es normal sentir algo de miedo, pero que no se prolongue.
- No es capaz de relajarse.
- Apego excesivo.

A propósito...
Beneficios de la cercanía física con nuestros hijos
Desde el momento de la concepción, el primer vínculo del ser humano es con el cuerpo de su madre. La profunda intimidad entre mamá y bebé lleva a ambos a fundirse en un universo propio de sensaciones, sentimientos y vivencias. Esta relación, después del parto, continua siendo de vital importancia para el desarrollo emocional del bebé y para el inicio de una crianza basada en el apego y la cercanía.
Se ha sugerido en estudios que el contacto físico entre la mamá y el bebé promueve una mayor respuesta de la madre a su instinto de cuidado y un mayor apego entre ambos. El contacto piel a piel, las caricias, la lactancia, los masajes y los besos son formas primitivas del ser humano de proteger a su cría y de crear un vínculo que le dé a esta seguridad, confianza y posibilidad de comunicación. Recuerde que el contacto físico tiene un gran impacto en el desarrollo cognitivo, físico y emocional del niño.
POR: MARÍA CAROLINA SÁNCHEZ THORIN, PSICOTERAPEUTA DE FAMILIA Y NIÑOS

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1 Comentarios

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Comentarios (1)

1
christie7
Hace 4 años
me fue de gran ayuda gracias
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