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Nuestra espera

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Carolina Alonso nos cuenta su experiencia como madre. A nuestro bebé ?Jacobo? comenzamos a imaginarlo en medio de un viaje, hace dos años. Pudo ser en la Pata

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07 de Abril de 2009
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Carolina Alonso nos cuenta su experiencia como madre.

A nuestro bebé —Jacobo— comenzamos a imaginarlo en medio de un viaje, hace dos años. Pudo ser en la Patagonia argentina o en la cima del Machu Picchu, ya no lo recuerdo; sin embargo, empezamos a cambiar la expresión: “Si algún día tenemos un hijo…” por “Cuando tengamos un hijo…” y este cambio del condicional por el adverbio de tiempo creó la posibilidad de ser del niño que esperamos hoy. Nos tomó un año decidirnos y dejar de planificar y un par de meses más tener el resultado positivo en la mano. Cuento todo esto porque creo que la espera no comenzó hace siete meses, sino entonces, cuando Camilo y yo empezamos a imaginar una vida diferente, una nueva etapa del viaje que emprendimos hace nueve años, con un miembro más en la tripulación.

Durante estos dos años han pasado muchas cosas que han cambiado de múltiples formas el mapa de nuestro recorrido, porque así es la vida: nosotros trazamos destinos posibles, pero el mapa del recorrido real puede resultar muy diferente del previsto. Porque la vida cambia, con frecuencia, inesperadamente… y a veces, con menos frecuencia  y de acuerdo con nuestra decisión: de esto es de lo que quiero hablar; de la naturaleza cambiante de la vida y de nuestra forma de asumirla.

“Es que los hijos le cambian a uno la vida”… Es una frase recurrente que tiene la aparente sabiduría de los dichos populares y el tono de amenaza velado apenas por las posteriores aclaraciones: “Pero vale la pena”, “Hay que vivirlo para saber cómo es”, “Tiene sus recompensas”… Que suenan mucho a… ¿resignación? o a ¿mal de muchos…? Creo que he escuchado esa expresión incontables veces, especialmente ahora que estoy embarazada, pero también antes, cuando yo decía que estaba casada hacía 4, 5, 6, 7 u 8 años y no tenía hijos. Supongo que no era consciente del miedo que infunde esa frase, como tampoco lo era de su relación con la forma común de percibir el cambio (de generarlo, asumirlo o “resignarse” a él).

Quizás porque a Camilo y a mí nos gustan los cambios, quizás porque, en muchos sentidos, hemos construido una relación atípica, decidimos tener un hijo. Así que nos lanzamos a un nuevo viaje por un camino desconocido, llenos de alegría y confianza. Claro, nos asaltan temores distintos (por el bienestar del bebé, especialmente), pero quizás la emoción que más nos visita es la curiosidad. No he tenido ningún malestar en estos meses y Jacobo está creciendo normalmente; así que hemos asistido a la transformación de mi cuerpo y a las nuevas sensaciones y emociones que ambos experimentamos como dos exploradores que reconocen su absoluta ignorancia, así como su deseo de aprender. “Mira, está apareciendo una línea en mi panza”, “¿Te has dado cuenta de que caminas diferente?”, “Pon tu mano, es madrugador Jacobo, ya está haciendo estiramientos”, “Que nazca en la Santa Fe, así será santafereño desde la cuna”… Nos hemos divertido mucho con los consejos y las muestras de sabiduría popular: que coma durazno para que la piel le salga suavecita, que los orines del bebé le quitan las manchas de la cara, que esa barriga es de pura niña… También reconocemos con humildad que hay aspectos de la crianza en los que nunca habíamos pensado y que asumimos como retos en este sendero de ser papás. En fin, creo que lo que deseo dejar claro es que si vivimos este y cualquier otro cambio fundamental desde el miedo, nuestra experiencia puede ser muy angustiante, centrada en todo lo que vamos a perder y no en aquello que vamos a ganar; así, convertimos la paternidad en un sacrificio y creo que no existe nada más lejano del sacrificio, que el surgimiento de la vida, ni mayor regalo que poder acompañar a una personita en su crecimiento. El miedo vende, y nuestra sociedad de consumo necesita vender; no podemos aislarnos, pero sí podemos ver a nuestro alrededor y poner distancia, podemos elegir.

Para terminar, quisiera llamar la atención sobre el uso del “nosotros” que he hecho a lo largo de este texto. Desde que quedamos embarazados ha surgido de manera natural para ambos referirnos al proceso como algo que nos está sucediendo, a los dos. No fuimos conscientes de ello hasta la semana pasada, durante la primera clase del curso psicoprofiláctico: alguien dijo que los “papitos” también resultaban desplazados (a propósito de la depresión posparto de las “mamitas”). “A los papitos los desplazan desde 9 meses antes”, me dijo Camilo. Efectivamente, creo que excluimos a los hombres de la experiencia porque ellos no llevan dentro al bebé, pero todo también les está pasando, su identidad también está cambiando, sus emociones, sus ideas y su cuerpo también cambian, y tienen que vivirlo solos y en silencio. Creo que es preciso pensar en esto. No vivimos en comunidades muy grandes (antaño “las mujeres” de la casa se encargaban de los niños), nuestras tribus son de dos, las esferas de acción de hombres y mujeres se funden (el mundo y el hogar son dominios compartidos), así que no resulta coherente con nuestras actuales condiciones sociales y culturales seguir excluyendo a los papás. Y comenzamos a hacerlo en el lenguaje, usando el “nosotros”, indagando también en ellos sobre lo que les pasa; rompiendo el silencio.

En fin, creo que ser padres ahora requiere cambios en nuestra manera de ver: una nueva mirada que atraviese las brumas del miedo y del sacrificio, que nos permita compartir y nos acerque, que nos invite al aprendizaje y a la celebración. Hablo desde nuestra experiencia, es lo que podemos compartir; así como el tono amenazante de la frase aquella que se riega por doquier, estoy convencida de que podemos cambiarle el tonito y decir con auténtica alegría: “Los hijos nos cambian la vida”. Carolina Alonso

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