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Papás solteros que se han convertido en madres

Papás solteros que se han convertido en madres

Hay hombres que, por diferentes razones, crían a sus hijos solos. Aunque no planearon ser mamá y papá al tiempo, son todo para sus niños. Les contamos tres

Papás solteros que se han convertido en madres
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12 de Junio de 2007
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Hay hombres que, por diferentes razones, crían a sus hijos solos. Aunque no planearon ser mamá y papá al tiempo, son todo para sus niños. Les contamos tres historias asombrosas de padres que nos abrieron su corazón contándonos su difícil misión: sacar adelante a sus pequeños.

 

“La vida me cambió un mil por ciento”

César Escola es reconocido porque fue presentador del programa Francotiradores, del magazín Día a Día y también el director musical de la obra teatral Casino. Sin embargo, pocos saben que la faceta de su vida que más disfruta es la de ser papá soltero. “Uno siempre tiene el proyecto de vida de ser padre algún día”, comenta. En la juventud era una emoción lejana, pero desde hace cuatro años, cuando fue a Argentina y vio la experiencia de un amigo que había adoptado un niño y no salía de la casa si no era con la pañalera o los teteros en un bolso, se ilusionó con la relación amorosa padre e hijo.

Aunque fue criado por su papá y su mamá, se dio cuenta de que con la adopción era posible sacar un niño adelante, así no estuvieran los dos. Cuando llegó a Colombia, coincidencialmente su amiga Lucía Madriñán estaba en proceso de adopción, y eso lo hizo interesarse más por el tema. Pero el detonante para que tomara la decisión de adoptar fue la nota que tuvo que hacer para salvar el hospital Materno Infantil. “Viví una experiencia importante cargando en mis brazos una bebé de 7 meses que fue abandonada. Se me partió el corazón y al salir del hospital ya sabía lo que tenía que hacer”, recuerda.

De inmediato, se puso en contacto con la Fundación Pisingos e inició el proceso de adopción que duró 14 largos meses, en los cuales asistía trimestralmente a talleres para aprender a ser papá y saber si estaba preparado. “Es más difícil ser padre adoptante que biológico, porque implica responsabilidad, descubrirse a sí mismo y romper barreras. Hay que demostrar que se es hábil mentalmente, socialmente y que se quiere formar una familia”, afirma el presentador.

Ya tenía 43 años cuando comenzó el reto de ser papá soltero adoptando un niño. El proceso estuvo lleno de miedos, temores y logros. “Siempre se puede renunciar, pero lo que hice fue preparar el corazón para recibir el hijo que Dios, el Cosmos o Alá me mandara”, asegura.

Antes de que llegara su bebé a la casa se preguntó lo mismo que todos los padres adoptivos en algún momento piensan: cómo será y qué enfermedades sufrirá. Pero las charlas con el genetista lo tranquilizaron y lo prepararon para amar desde el primer momento sin saber las características del niño.

Se estaba acercando diciembre y él soñaba con su mejor regalo: tener al pequeño antes de Navidad. Pero eso dependía de la situación legal del niño, del seguimiento del comité de asignaciones y de poder encontrar la compatibilidad entre el padre y el menor.

No fue sino hasta marzo cuando recibió la llamada y una carta donde le hacían el ofrecimiento. Le restaba terminar de entregar los papeles y una vez el juez dictó la sentencia sobre la patria potestad del niño, le dijeron que existía la posibilidad de que la entrega se efectuara al día siguiente. El pánico se apoderó de él, quiso saber la edad y el sexo para recibirlo con al menos una muda de ropa, pero eso solo se lo dijeron el día de la entrega.

Por fin llegó el gran momento, a las once de la mañana le avisaron que todo estaba listo en 45 minutos. Por supuesto, los planes del día quedaron cancelados. “Lo único que tenía que hacer era vestirme digno para el momento, le avisé a mi hermano y él también suspendió todo. No podía ser de otra forma, es uno de los momentos más emocionantes, porque es la primera vez que ves a tu hijo”.

Era un bebé de 14 meses, así que lo cogió en los brazos y sintió susto, era Martín, su anhelado bebé. “No hay reversa en esas cosas, porque recibes la responsabilidad más grande de la vida”, afirma.

Desde que llegó a la casa y hasta el día de hoy, César duerme con un ojo abierto, vela por su sueño, se levanta en la noche, le pone la mano en el pecho para saber si está respirando bien y lo abriga mientras duerme. “Admiro más a mi madre. Yo crío a Martín con la ayuda de Sandra, la niñera, pero a mi vieja le tocó sola y no tenía quién le ayudara a limpiar la casa”.

El nuevo nieto, sobrino y primo ya viajó a Argentina y toda la familia lo conoció, quedaron encantados y el apoyo fue incondicional. Escola dice que son similares en la personalidad y que con el tiempo los gestos se van adquiriendo. Nadie lo creería, pero cuando se ríen son tan parecidos que es imposible negar su parentesco.

El vínculo

Se debe entender que así exista todo el cariño del mundo, no es igual el hijo biológico que se reconoce desde el primer día, que cuando llega dos años después de nacido. Hay que tener un poco de paciencia para desarrollar el sentido de correspondencia, porque el miedo a la nueva persona no se pierde de un momento a otro. “Martín era muy bebé, así que pude ver los primeros pasos, las balbuceadas y las palabras, aunque siempre decía papá, ahora dice mi papi”.

Escola reconoce que le cambió la vida un “mil por ciento”, porque está primero su hijo que todo lo demás; en las comidas, las salidas y las decisiones, incluso en los viajes donde al corazón se le hace difícil despegarse.

Desde que empieza la rutina de Martín, César está con él. Cocina, prepara el almuerzo y hasta saca tiempo para jugar. Los fines de semana los pasa en la casa de Valentina, la hija de Lucía Madriñán.

“El niño es el que enseña, porque no hay un manual para esto, no es difícil pero tampoco fácil. Al verlo indefenso, uno tiende a protegerlo si se va a golpear, pero él se gana su independencia”. Como papá soltero hace las veces de protector, del que pone los límites, del que se ríe y el que hace todo. Por ahora, a Martín no le ha hecho falta una mamá, ni tetero cada tres horas. Duerme de corrido, está fuerte y sano.

La verdad

Uno de los miedos de los papás es que en algún momento el hijo se vaya cuando se entere de que no está con el padre biológico, sobre todo en la época de las preguntas. “No se puede ocultar la historia de las personas, uno debe estar preparado para responderlas a cabalidad, tiene que decir la verdad para que él lo entienda. Porque por delante está el amor de ambos”, afirma.

César se ha propuesto hacer de su hijo una persona de bien, quiere que sea bueno, independientemente de la profesión que escoja. Como a Martín le encantan los aviones, se atreve a decir que tal vez será piloto. Pero mientras crece, disfruta la comida, el baño, una palabra nueva, el fútbol y le encanta dormir siesta. “Es maravilloso porque cuando se duerme se deja mirar y se escucha respirar”.

Asegura que volvería a adoptar y cuenta que algunos amigos que lo vieron con Martín, se animaron e iniciaron los talleres de adopción.

César se siente aún muy joven y nunca quiere dejar a su hijo solo. “La vida pone las cosas en el momento que es, si me preguntan qué me gustaría poseer ahora, diría que me encantaría tener diez o quince años menos con la misma experiencia para poder vivir esos años de más al lado de Martín”.

La muerte lo convirtió en mamá

Jaime Barrero, así como su bisabuelo, el fundador del hospital de Ubaté, está comprometido con la salud y decidió hacer empresa construyendo clínicas. Esa es una de sus más importantes ambiciones, pero el más grande de todos sus sueños es darles un buen futuro a sus hijos.

Mientras estaba estudiando arquitectura en la Universidad Nacional era mesero en el Museo de Arte Moderno y veía bajar de un carro blindado y con conductor a una mujer que despertó su alma de poeta. Era Sandra Medina, la hija del magistrado de la Corte Suprema de Justicia Ricardo Medina Moyano. Como ella tomaba clases de arte, él ahorró para poder hacer lo mismo y lo que empezó como un grupo de trabajo sirvió para que se conocieran. Al poco tiempo, ya eran novios.

En la toma del Palacio de Justicia, el papá de Sandra falleció. Ella, que amaba a su padre, creyó que era el mejor momento para encargar un hijo y en su honor se llamaría Ricardo. Sin embargo, desde ese instante se empezó a enfermar y algo tuvo que ver el dolor que le produjo la muerte de su papá. Jaime, por su lado, se hizo profesional y trabajó fuertemente para darle lo mejor a su familia hasta convertirse en curador urbano de Bogotá.

La enfermedad

Ricardo, su hijo, tenía 10 años cuando se enteró de que Sandra sufría de cáncer en los pulmones. Sus padres ya se habían separado, pero en ese momento Jaime dejó toda su independencia y volvió con ella para hacerle frente a la enfermedad y batallar por más de dos años para tratar de conservar viva a la madre de su hijo. Pero el cáncer hizo metástasis en varios órganos y cada día era más doloroso verla sufrir, “la quimioterapia no le dejaba alientos ni para caminar, hablar o cuidar a su hijo y ver tan enefrema a la persona que uno amó y notar cómo se deterioraba es muy duro”, cuenta Jaime.

Después de haberse sometido a varios tratamientos, e incluso a operaciones en Estados Unidos, decidieron suspender la quimioterapia y esperar, durante cuatro meses, todos los días la visita de la muerte. “La había visto tan rozagante, pero con la enfermedad estaba calva y demasiado delgada. Además, el dolor tan fuerte era insoportable sin la morfina. Sufrí viendo el proceso del cáncer y me volví casero, cuando no estaba trabajando pasaba todo el tiempo con ellos”.

Él seguía cumpliendo con los requerimientos del alto cargo que tenía y, sin embargo, la prioridad era su hijo. Así que madrugaba para bañarlo y arreglarlo; luego lo llevaba al paradero del bus del colegio y trabajaba exactamente el tiempo que Ricardo permanecía estudiando. Le ayudaba a hacer las tareas y lo acompañaba mientras estaba con su mamá.

Ella tenía muchas ganas de vivir para ver crecer a su hijo y como sabía que no lo lograría, escribió un diario sobre su enfermedad. En sus textos mostraba los deseos inmensos de estar con él. “Unos días antes de que falleciera me dijo: ‘voy a morir tranquila porque tú estás acá, de otra manera no quisiera morirme’. Ese día lloré muchísimo”.

Al final de la enfermedad, Jaime necesitó más tiempo del que tenía para cuidar a su hijo, así que dejó de trabajar. “El día que Sandra murió y Ricardo entró al cuarto, la vio, se desvaneció y luego me abrazó. No quería que lo soltara y duró como ‘mil años’ sin separarse de mí”.

El llanto no paró ahí. “Me volví la vida de él, nos unimos muchísimo. Aunque yo hacía muchas cosas, dejé de lado mi profesión mientras mi hijo me necesitó. Lo crié y lo eduqué durante varios años hasta que se fue a estudiar a Milán (Italia), entonces decidí rehacer mi vida”, cuenta Jaime.

Hace apenas dos años, después de varios de sacarles el cuerpo a las relaciones, porque no quería remplazar a Sandra y generar una figura de cambio de mamá, volvió a considerar la posibilidad de tener pareja. “Coincidencialmente cuando era un hecho que Ricardo se iba, conocí a Lina en un evento. Quería volverme a establecer y ella llenó completamente mi vida, me enamoré y volví a escribir poesía”. El día que la conoció Ricardo estaba con él, lo cual fue determinante para que le propusiera matrimonio. “Mi hijo me dijo: ‘ pa’ es una china muy bacana’. Y el visto bueno de él fue definitivo”. Su relación, a pesar de la distancia, sigue siendo tan estrecha como antes.

Jaime y Lina han estado juntos desde el día que se vieron por primera vez. Al poco tiempo nació Jerónimo. Ese bebé de año y medio es ahora la luz de los ojos del empresario que no descarta la posibilidad de encargar la anhelada niña, que se llamará Abril, y ojalá fueran gemelas para que la otra se llame Patme o, en su defecto, Josefina, como su bisabuela.

Papá presente y mamá por dosis

El único motivo que obliga a Diego García a quedarse en Colombia es cuidar a sus dos hijas: Julieta y Gabriela. Aunque es artista plástico de profesión, sus días y noches están consagrados a las pequeñas.

Todo empezó hace 18 años, cuando conoció a una guajira que le robó su corazón. Inicialmente, tomaron juntos clases de francés y, ‘voila’, nació el amor. Una relación que terminó abruptamente después de un año. Siete después, los vientos de la guajira regresaron con una propuesta ‘indecente’. “Un día me llamó y me dijo: ‘¿qué tal si se casa conmigo?’ Yo al día siguiente estaba diseñando un anillo y tomando un bus rumbo a Riohacha. 24 horas después, me estaba casando en la playa”, recuerda el artista. Julieta, su primera hija, llegó después de 8 años de matrimonio, cuando la situación económica no era la mejor. “Es un cambio que remueve la estructura de la vida, porque salen a flote emociones que no existían”.

Tenían que trabajar el triple y con esa economía precaria, pensar en un plan a futuro era difícil. “Desafortunadamente, nos alejamos porque nuestra profesión de artistas no era lo suficientemente estable y para ella resultaba frustrante trabajar tanto y no ganar lo suficiente”.

Con la segunda niña, que apareció un año y medio después, de manera sorpresiva, llegó una situación más favorable para la familia. Sin embargo, ente los dos la relación caía vertiginosamente a un barranco sin salida.

Cuando Diego menos lo esperaba, de nuevo, como por efecto de los vientos nómadas, el amor de su vida recibió una excelente oferta de trabajo y sin pensarlo dos veces abandonó a su familia. “Decidió hacer un sacrificio: renunciar a estar con sus hijas los primeros años y arriesgarse a perder su matrimonio, para asegurar el mejor futuro de ellas”.

Diana dirige las comunicaciones en el sector de seguridad de una multinacional en el Medio Oriente, y su carrera ha ascendido al punto de que ella sostiene la economía de su hogar, mientras que Diego hace malabares por conservar en la memoria de sus hijas la presencia de su madre. “Yo, en cambio, le bajé la marcha a mis expectativas personales para estar al lado de mis niñas. Acá estoy y aquí me quedo”.

El padre

Diego, cada día, escarba en sus sentimientos para sacar lo mejor de sí y compartirlo con sus hijas. No cabe la menor duda que desde que su esposa se fue, hace más de un año, el camino recorrido no ha sido para nada fácil. “Lo más difícil del proceso es sentirse abandonado, pero a pesar de todo siempre aparentar ante mis niñas que todo está bien”.Aunque las ganas de abrazar y proteger son muchas, el proceso de crianza es complicado y más evitar sobreprotegerlas. “Yo lucho para no ser el papá dictador. Me esfuerzo, sin obtener resultado alguno, para que ellas no extrañen a su mamá”. Durante estos catorce meses ya tiene ‘buena cancha’. Es un experto en cambiar pañales y habla con propiedad de todos los temas de bebés.

La mamá de Julieta y Gabriela existe e ilumina todas las noches porque así lo narra la memoria fantástica de Diego, quien les dice a sus niñas que ella, sin importar donde esté, se toma el trabajo de iluminar con la Luna, las eternas y frías noches de las niñas. El único contacto que tienen con su madre es a través de Internet, muy de vez en cuando. Le mandan besos mientras ella, con guiños, les proyecta sus emociones por chat. En sus juegos, la participación de su mamá es invisible pero muy fuerte. A veces, es parte de una aventura pirata, la reina que deben rescatar en un castillo.

Diego le manda comunicaciones constantes, e incluso, creó un blog para mantenerla informada sobre el día a día de sus niñas y para que, sin importar los kilómetros de distancia, su madre las sienta cerca. Sin embargo, no recibió respuesta y hace más o menos siete meses, ella vino al país con la convicción de no querer seguir luchando por ese amor. “Me duele que ella esté insatisfecha conmigo y haga balances sobre si vale la pena o no seguir juntos”.

Mientras tanto, Diego continúa firme como papá y mamá. “Intento ser el mejor mientras sigo parado bajo la lluvia alimentando la esperanza de que ella, algún día, volverá”.

Por Margarita Barrero F.Redactora ABC del bebé.

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