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Libia, una madre que superó un embarazo complejo

Libia, una madre que superó un embarazo complejo

Durante un año, Libia y Javier lucharon por la vida del hijo que desearon durante ocho años. Esta es la historia de quienes, pese a las adversidades, nunca de

Libia, una madre que superó un embarazo complejo
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09 de Abril de 2007
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Durante un año, Libia y Javier lucharon por la vida del hijo que desearon durante ocho años. Esta es la historia de quienes, pese a las adversidades, nunca dejaron de sonreír.

–Vas a ser madre –escuchó Libia mientras estaba de rodillas. Cuando abrió los ojos y logró ponerse en pie, vio el charco de lágrimas que había derramado tras su encuentro con la Virgen María.

En ese momento, Libia Rojas, criada en un hogar católico con tradición mariana, salió de esa iglesia, en el centro de Bogotá, decidida a tener un hijo, después de obtener el aval de la ‘Madre de Dios’.

“Llevábamos ocho años de feliz matrimonio con Javier, recuerda. Estábamos en un momento precioso de nuestras vidas, en el que sentíamos que todo estaba organizado para ser padres, así que tomamos la decisión.

Libia acudió al consultorio de Luz Ángela Uribe, su ginecóloga, para recibir la orientación necesaria.

Un año después de su visión con la Virgen María, Libia y Javier estaban esperando un hijo.

Las dificultades

Una sonrisa constante es la marca indeleble en la cara de esta mujer. Sin embargo, no todos los embarazos comienzan con una revelación de la Virgen. Por eso, esta señal parecía la marca de una gestación atípica.

Desde los primeros meses, Libia fue considerada como una paciente de alto riesgo. Luz Ángela Uribe, la experta que llevó el caso, explica que varios factores la rotularon en esta categoría: “Era una mujer que se desplazaba de un lado a otro por su trabajo, una profesional con mucha ansiedad de tener a su bebé y, además, con algo de sobrepeso. Libia es muy disciplinada; yo le decía: necesito que hagas esto y ella lo hacía”, expresa Uribe.

El no poder quedarse quieta llevó a esta mujer a sufrir una amenaza de aborto, pues existía el riesgo de que se desprendiera un hematoma que se forma en el saco gestacional. Desde entonces guardó reposo.

Además de esa complicación, tuvo vómitos y mareos en los primeros meses. “Devolvía todo. Bajé siete kilos en el primer trimestre, en cambio de subir”, recuerda.

Más complicaciones

Como si todo se confabulara en contra de la vida del pequeño, Libia desarrolló diabetes gestacional, que ocurre cuando los niveles de azúcar aumentan. Se controló de manera fácil con el manejo de una dieta adecuada y con la ayuda del endocrinólogo y nutricionista.Pero permanecer en casa no fue suficiente. Madre e hijo tuvieron que pasar las últimas semanas de embarazo en la clínica.

Javier fue el más afectado a la hora de tomar decisiones y pensaba que iba a perder a su esposa y a su hijo. Su papel no podía limitarse a ser un observador. Libia recuerda cómo su esposo consentía su vientre y le hablaba a su hijo, expresándole cuánto lo amaba.

La fuerza de tres

El deseo porque naciera Javier Andrés nunca se agotó. No hubo desespero y menos, desamor. “Fuimos fuertes y soportamos el proceso, porque sabíamos que si nos derrumbábamos, no salíamos de ahí. En ese tiempo me tocó bañarme en la cama de la clínica y me movían con las cobijas. Otros días debía bañarme en silla de ruedas. Aunque todo era complicado, era feliz y cantaba; escuchábamos música de Mozart y Clayderman. A pesar del doppler que tenía sobre el vientre, para controlar la frecuencia cardiaca de Javier Andrés, éramos felices”, dice ella.

Y como si fuera poco, Libia presentó una complicación mucho más delicada: polihidramnios, una mayor producción de líquido amniótico, que ocasiona sobredistensión del abdomen, dificultad y fatiga que impide caminar.

“Era tanto el miedo de no llegar al final, que hice una carta, en la que le pedí el favor a mi hermana, de que si yo llegaba a morir en la cesárea, apoyara a mi esposo y a Javier Andrés, que le transmitiera a mi hijo la ternura de mi familia y la fe católica”, recuerda Libia.

La historia se parte en dos

El 7 de mayo de 2004, después de una gran preparación, el corazón de Javier Andrés latió más rápido de lo normal, anunciando su llegada por cesárea.

“Me lo pasaron de inmediato para que mi mirada le transmitiera la fuerza necesaria para salir adelante”.

Pero cinco minutos después, el recién nacido presentó una complicación respiratoria y fue necesario que permaneciera tres meses en la Unidad de Cuidados Intensivos. “Le decíamos Neo, como el protagonista de la cinta The Matrix –recuerda Javier– por las conexiones que el pequeño tenía en su cabeza”. Cables amarillos, rojos y azules salían de una máquina y terminaban en su cráneo.

Javier afirma que el papel de ellos fue esencial para ganarle la batalla a la muerte. “En las clínicas están pendientes de los signos vitales, pero muchas veces no existe el cariño necesario para que el menor se sienta amado. Todos los días le decíamos, “tú vas a salir adelante”. Por fin, después de casi seis meses en la clínica, incluidos los tres de recuperación del pequeño, por fin estaban en su casa, en donde el trabajo continuaba.

Ponían al bebé en su pecho, para que su corazón estuviera más cerca de ellos. “La mamá le daba la ternura, yo le daba la fuerza que necesitaba para enfrentarse a todo lo que le sucedía y con dos energías salió más rápido que con una”, dice el papá. Hoy, Javier Andrés es un niño de 2 años que canta 20 canciones, cuando el promedio, a su edad, es de tres, tiene un léxico también superior; todo a pesar de que algún día le dijeron que su desarrollo no podría ir a la par de los demás. Su sonrisa, igual a la de su madre, parece borrar todo el pasado, que, a pesar de ser tan corto, marcó el comienzo y el futuro de su vida y la de su familia.

El valor de sanar

Javier, Libia y su hijo tienen hoy una familia feliz. Ganaron la batalla que la muerte quiso pelearles, pero a pesar de ese triunfo, las heridas emocionales aún agrietan sus vidas, que ellos deben resanar para no dejarse quebrar.

Acuden a las terapias que les ofrece ‘La fuerza de vida’, una técnica creada por la filósofa y sicóloga suiza Danielle Degoumois, que trabaja a través de la energía para sanar corazones, mentes y cuerpos.

Su terapeuta es Ángela Cañón, una mujer que se formó con Degoumois, después de enfrentar la posibilidad de que su hijo muriera. “Cuando en los seres humanos existe un proceso que implica la vida o la muerte, la persona se mueve y cambia para hacer algo distinto en su vida”, dice.

Eso es lo que está viviendo la familia Leguizamón Rojas, quienes sienten que deben sanar las culpas, los miedos y las rabias que almacenaron durante los meses incansables que lucharon por mantenerse con vida.

“Lo más profundo del milagro –añade Ángela–es que después de toda esa historia están juntos, porque en los procesos de enfermedad o muerte, las parejas, en la mayoría de casos, terminan por fragmentarse”.

Cañón concluye que “desde antes de quedar embarazadas, las mujeres deben hablarle a ese ser. La mamá empieza a hacer una relación de cercanía con ese bebé que llega: muchas se lo sueñan, lo llaman por el nombre y el efecto es que cuando nacen, tienen una conexión muy fuerte y así sea de adultos, esa unión con los padres no se pierde”.

Javier Andrés vive hoy completamente sano, porque sus parientes, en medio de su lucha, le pidieron que se quedara. Por eso, pese a su edad, el pequeño entendió que sus padres lo esperaban.

Por Juliana Rojas H. Redactora ABC del bebé.

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