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Columnista invitado/ El amor de un ‘Donjuan’

Columnista invitado/ El amor de un ‘Donjuan’

Por Fernando Gómez EcheverryEditor Revista DONJUAN Julieta tiene las orejas de goma; son dos obleas en miniatura que, con el contacto de mis dedos, se doblan c

Columnista invitado/ El amor de un ‘Donjuan’
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10 de Noviembre de 2009
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Por Fernando Gómez EcheverryEditor Revista DONJUAN

Julieta tiene las orejas de goma; son dos obleas en miniatura que, con el contacto de mis dedos, se doblan como un abanico… “Hooola, mi muñeca”, le grito cuando entro en sus dominios de hadas con varitas mágicas, extraterrestres con tentáculos de colores vivos y muppets de ojos saltones; le agarro los pies y dejo que sus manitas se enrosquen alrededor de mi dedo corazón. Y los dos somos felices. Julieta tiene dos meses y desde que nació solo sabe sonreír.

 

Julieta no llora. “Eso”, le digo siempre, “es para bebés infelices”. Y ni su mamá ni yo vamos a dejar que llore, ¿para qué? Las lágrimas y los chillidos de dolor son un monopolio de las telenovelas mexicanas y de un mundo lleno de tragedias. Y en su cuna no hay espacio para esos horrores. Mi chiquita solo se queja cuando tiene hambre, pero desde que nació tenemos una tabla en Excel que nos avisa la hora exacta de su comida y tres minutos antes de que pueda lanzar un chillido, ya tiene su tetero listo. Tampoco tiene problemas de sueño: Julieta tiene horario de adulto, se acuesta a las 11 de la noche –después de oír un cuento de Bioy Casares y ver los goles del Real Madrid– y a las ocho de la mañana empieza a estirar los brazos para desperezarse.

– ¿Lista, mi súperbebé?Julieta estira los brazos por encima de su cabeza y aprieta los puños como un superhéroe antes de volar. La saco de su cuna y le doy un sobrevuelo por el apartamento. Se entretiene con un cuadro lleno de colores selváticos que le regaló un amigo, se detiene en los lomos de literatura estadounidense en la biblioteca, pero solo frena su vuelo en un gimnasio para bebés en el que empieza a manotear para alcanzar a los micos y a las jirafas que quedan por encima de sus ojos. Y luego llega la hora del baño. Y en su I-pod (porque Julieta tiene su propio I-pod, con música de Mozart, Beethoven y Bach: es una consentida), suena Yellow Submarine, de The Beatles. Y empieza otra fiesta. Su mamá, mi esposa, la segunda mejor mujer del mundo (la primera es Julieta), me pide que le lave bien las manos porque todo el mundo quiere agarrárselas. Y yo le digo que por qué deja que lo hagan. Y por primera vez tengo un asomo de rabia. Porque los bebés despiertan toda clase de neurosis.

Y la mía son las bacterias.Durante el parto y unas dos horas más tarde después del nacimiento de Julieta, estuve con un tapabocas puesto. No me lo quería quitar. Mi cuerpo, según lo que me dictaba la ciencia y la razón, era el hogar de miles de asquerosos microbios dispuestos a lanzarse contra mi bebé,¡que se jodan!, pensé. Lo primero que hice cuando llegamos a casa fue comprar un arsenal de antibacteriales tan abundante que podía cubrir cada centímetro de piel de un hipopótamo.

 

Los puse en la entrada del apartamento para que todo el que fuera a visitarnos los viera de inmediato y antes de acercarse a ella tuvieran la precaución de desinfectar concienzudamente sus manos. Mi mamá, en su segunda visita desde Palmira, estornudó e inmediatamente tenía un tapabocas en la cara. Yo se lo puse. Mi suegra se estresaba cuando la encontraba con los zapatos puestos. Mis manos se agrietaron y tuve que empezar a usar cremas hidratantes, cuando empecé a trabajar –la ley colombiana solo nos da ocho miserables días–, una vez que llegaba a casa entraba en la ducha y sacaba ropa limpia antes de saludarla, pero con el tiempo tuve que volverme un poco más liberal: ahora solo exijo que las visitas se quiten los zapatos antes de entrar a su cuarto y apenas me lavo las manos 18 veces al día.

Todo el mundo me pregunta si duermo mal, si cambio pañales y si saco gases. Y tengo que confesar que no. No y no. Soy un papá inútil. Mi esposa lo sabía y un mes antes de que naciera nuestra muñeca encontró a Osiris, la niñera, el ángel guardián de Julieta, una enfermera maravillosa que cumple con lo más importante: no la deja llorar, la mima tanto como nosotros y tiene más experiencia que yo en cambiar pañales. El tetero es otra cosa: es uno de mis mayores placeres. Soy un experto en preparar sus cuatro onzas y en contarle historias mientras chupa y chupa y cierra los ojos. Y una vez termina, saco de su canasta de juguetes a su mejor amigo: Matías el extraterrestre, un alien con la cabeza plana, seis paticas cortas y una flor en el corazón. Julieta puede pasar horas con él, le sonríe, estira la mano y lo agarra con una sonrisa. Y me digo que es la mejor bebé del mundo, que soy el hombre más afortunado del planeta y que mis amigos que no tienen bebés no saben de lo que se pierden: pobres, pienso, todavía no son hombres. Todavía no son papás.

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