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Cómo reconocer el déficit de atención y el tratamiento más adecuado para su hijo

Cómo reconocer el déficit de atención y el tratamiento más adecuado para su hijo

Testimonio y consejos de los expertos que hablan sobre esta problemática.

Cómo reconocer el déficit de atención y el tratamiento más adecuado para su hijo
Por: Margarita Barrero
14 de Junio de 2012
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El Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad sigue siendo un tabú para muchos padres que no saben cómo reconocerlo y cuál es el tratamiento indicado para su hijo. Varios especialistas descubren el velo que cubre esta dificultad.
Nombre: Daniel Campuzano. Edad: 20 años. Diagnóstico: sufre Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad. Estado: controlado. Este sería un rápido dictamen médico de un estudiante de comunicación social que ha tenido que superar obstáculos cerebrales para lograr una vida normal.  
Mientras Daniel se define simplemente como un travieso; Claudia Pérez, su madre, asegura que su situación supera las pilatunas normales. Ella recuerda que la llamaban del colegio para darle quejas por el comportamiento de su hijo: empezó peluqueando a uno de sus compañeros de salón, luego pegó la puerta de su curso con pegante. Ya más grande, rayó con una llave el BMW nuevo de su vecina. A los 7 años, detrás de la iglesia del colegio, fumo por primera vez, y a los 9 años se pintó el pelo de mono.
A los 10 años empezó a robar cuadernos o “cosas que no tenían un valor material pero que él hurtaba para hacer la maldad”, afirma su madre, quien también reconoce que su hijo tenía una marcada sensibilidad: “se volvía amigo de la gente que vivía en la calle y una vez vio por televisión que habían secuestrado un avión y duró dos días llorando y preguntándome porqué lo había traído a sufrir a este mundo”, recuerda Pérez.
Varias veces, su familia se dio cuenta de las mentiras que decía Daniel; él asegura que en esa época sentía que manejaba un cuarto de máquinas en el que, por momentos, dejaba de ser el piloto y algo se apoderaba de él, “era el diablo”, afirma.
Su mamá afirma que aunque le costaba mucho trabajo aprender otro idioma, le iba muy bien en las demás materias y los de su edad le parecían muy tontos.
El momento más complicado que vivió fue cuando amenazaron con sacarlo del colegio: “Les bajaba la pantaloneta a los niños, así que decían que mi hijo era gay. Los papás les prohibían a sus hijos que estuvieran con él y mandaron una carta al rector para que lo echaran del colegio. Daniel me decía que nadie lo entendía. Fui a mil sicólogos y lo único de lo que hablaban era de los niños Índigo (ver recuadro), hasta que en el 2003 fuimos a Inea,  Instituto de Neurociencias Aplicadas, y allí le hicieron varias pruebas. Nos remitieron al siquiatra y él nos salvó la vida”, asegura la mamá de Daniel Campuzano.  
Germán Casas fue el médico siquiatra que por primera vez habló con seguridad de lo que estaba ocurriendo: “Daniel tiene el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH), que se produce por un proceso bioquímico que ocurre en el cerebro, en el que hay un desequilibro entre los neurotransmisores: la adrenalina y la dopamina, así que estos neurotransmisores no se pueden comunicar bien”, aclaró el especialista.
El médico siquiatra Cristian Muñoz, que apoya esta teoría, aclara que el TDAH  no se produce por una alteración en los órganos de los sentidos sino porque hay una falla en la corteza prefrontal (uno de los lóbulos del cerebro): “esta parte se encarga de las funciones que se denominan ejecutivas y tienen que ver con análisis, anticipación, organización, y se habla de este trastorno cuando hay una disfunción en esta zona. Es como un carro: puede estar intacto pero si no tiene gasolina no anda”, explica el especialista quien asegura se han detectado casos de este trastorno  desde el siglo pasado, lo que pasa es que hasta hace muy poco se determinó qué era y cómo manejarlo. De hecho, ya se incluyó en el DSM-IV, el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría, pero el tema sigue siendo objeto de estudio.
El pediatra Alcides Caicedo, hace algún tiempo, dijo a la prensa que este trastorno constituye la segunda causa de consulta de la siquiatría infantil y, según los entendidos en el tema, antes se confundía con depresión y con otros problemas de comportamiento.
 “En Colombia la prevalencia de la enfermedad es aproximadamente de 17 por ciento, mientras en China es del 1 o 3 por ciento, además en todos los países es más frecuente en hombres que en mujeres, pero se desconoce la razón”, afirma Olga Lucía Casasbuenas, médica especialista en neurología pediátrica.
Aunque coincide con los conceptos que explican sus colegas, Martha Lucía Miranda, directora del Centro Neurosicológico en Bogotá,  agrega que la importancia de este trastorno radica en que la atención, la capacidad de esfuerzo, la planeación y el automonitoreo, que se ejecutan en la corteza frontal, dirigen las decisiones en la vida.
Para el doctor Cristian Muñoz, esta alteración química en el cerebro puede ser producto de un impacto perinatal (complicación durante el parto) o un trauma en el cráneo, también ocurre en niños prematuros o hijos de madres vegetarianas y varios estudios han demostrado que existe un factor genético relacionado con el gen de la dopamina. “Seguramente si un niño tiene un papá o mamá con este déficit y un medio ambiente  que lo permite, esta situación se perpetuará”, asegura el médico siquiatra.
Claudia Pérez, la madre que ha padecido el caso de Daniel Campuzano,  cree que esta afirmación es cierta ya que en su hogar, los tíos del niño se comportaban de manera similar en la niñez y ella considera que como nunca se les hizo un diagnóstico a tiempo, terminaron sumidos en la drogadicción.
Aunque desde temprana edad se pueden empezar a ver comportamientos que se relacionan con el trastorno, se habla con propiedad del tema desde que el niño cumple los 7 años, “así que un padre sospecha de cosas sencillas: si el niño no sigue instrucciones o si comienza tareas y se dispersa, si habla en exceso, si abandona su puesto con frecuencia, si no se queda quieto, si tiene muy baja tolerancia a la frustración, si se mete en las conversaciones de los adultos y si todo esto le presenta problemas en el colegio y en la casa”, afirma Muñoz.
Algunas personas suelen pensar que el problema tiene que ver con la inteligencia, pero lo cierto es que su coeficiente intelectual puede ser más alto de lo normal en algunos casos: “El trastorno tiene como centro fundamental la atención pero estamos hablando de niños inteligentes, que es lo primero que tienen que tener claro los padres. La inatención es algo específico como la ansiedad”, afirma Martha Lucía Miranda,  neurosicóloga y neurosicopedagoga, con 29 años de experiencia.  
Ella asegura que estos niños deben ser escolarizados en colegios convencionales y no recomienda que estén en centros especiales, en su opinión, el asunto puede funcionar sin problema si los centros educativos y los padres lo detectan a temprana edad y lo remiten a los especialistas correspondientes.
Según el médico psiquiatra Germán Casas, de la asociación de padres Hidea, que realiza charlas informativas sobre el TDAH, las estadísticas hablan de que entre el 6 y 8 por ciento de los niños en edad preescolar padecen este trastorno.
El problema no viene solo
Existen además enfermedades o trastornos que acompañan el TDAH. Según el médico siquiatra, en el 70 por ciento de los casos, más o menos, se presenta alguno de estos: depresión, ansiedad, trastornos de aprendizaje, de desarrollo, problemas en la parte motora, bajo tono muscular o alteraciones en la motricidad, lateralidad, dificultades en el grafismo y dislexia.  
Para la doctora Martha Lucía Miranda también son importantes los procesos emocionales que se relacionan con la baja autoestima y la baja asertividad. “Algunos tienen trastorno negativista y no aceptan las reglas. La gran mayoría de TDAH son muy flexibles, aceptan todo, y en la adolescencia se traduce en droga, alcoholismo y cigarrillo. Es decir, tienen  una personalidad de riesgo”, afirma la doctora.
Su tesis prueba que el asunto es más complejo de lo que lo descifran los manuales estadísticos de salud mental. Daniel Campuzano es un ejemplo claro: tiene episodios depresivos y ha tomado algunas veces droga fuerte para tratarlos, su mamá recuerda que le  tocó llevarlo a que le pusieran oxígeno porque no podía respirar, “tenía un ataque de pánico, que derivaba en episodio depresivo”.
¿Qué se debe hacer ante la sospecha?
El responsable número uno es el profesor pues, casi siempre, es el primero que detecta los síntomas. Lo correcto es que le comunique su inquietud  al psicólogo del colegio para  que este analice el caso,  estudie al niño, hable con sus padres y decida si lo remite a neurología o a siquiatría.
 “Muchas veces lo que ocurre es que en los colegios los tachan o los sacan sin comprobar con los especialistas adecuados si el niño de verdad tiene el trastorno”, afirma la neurosicóloga.
El sicólogo también puede tomar la decisión de enviarlo a otro especialista, según la doctora Olga Lucía Casasbuenas: “hay niños que tienen otros problemas que no son el trastorno como, por ejemplo, miopía, y esto es lo que los hace distraerse. En cualquier caso, el trastorno se confirma con las escalas, unas pruebas que hacen el papel de la ecografía cuando se habla de apendicitis; la más conocida es la de Conners, que tiene una aplicación para padres y otra para maestros”.
Los siquiatras o los neurólogos que conocen el tema hacen una valoración integral tanto de la parte neurosicológica como de la emocional para comprender si el niño es más impulsivo, más depresivo o más emocional. Este análisis determina si el trastorno es de prevalencia inatenta, hiperactiva o combinado.
“Si tienes un trastorno por déficit de atención puro te inclinas por la terapia o la medicación, si tienes un trastorno de hiperactividad sin déficit de atención no propones medicamento porque este funciona solo para la inatención”, dice la doctora Casasbuenas.
El tratamiento médico debe tener el apoyo de un equipo interdisciplinario que incluya fonoaudióloga (trata problemas en el habla), terapeuta ocupacional  (que se encarga de su postura) y pedagoga (quien organiza su estudio).
“El diagnostico del siquiatra sí es muy importante, pero no se puede quedar ahí”, afirma la psicopedagoga Miranda.
Para el médico siquiatra, Germán Casas, que está en contra de los diagnósticos realizados por pedagogas, quienes conocen del tema tienen en cuenta algunos criterios antes de dar un dictamen: la intensidad, la comorbilidad (enfermedades o trastornos relacionados),  el tiempo que trascurre el niño sintomático y su impacto en la vida familiar y escolar. “También es importante saber si se le han puesto muchos tratamientos y no le sirven. Los casos leves ceden con manejos no médicos como por ejemplo terapia ocupacional, apoyo familiar, sicología y adecuaciones escolares, solo en algunos casos se hace indispensable la medicación”, afirma.
La labor de los medicamentos es lograr una notable mejora en la neurotransmisión,  aprovechando la neuroplasticidad: “Una propiedad del cerebro, que lo convierte en una especie de arcilla moldeable, es decir, permite que aprenda y, con la estimulación correcta, se pueden corregir dificultades en el neuro desarrollo”, afirma Cristian Muñoz.
La tendencia médica en general va a que el medicamento sea un apoyo, “este mejora la atención y la conciencia pero si hay algo anexo como la baja autoestima no la maneja, por eso, tiene que acompañarse de tratamiento para la parte emocional y motora”, asegura la doctora Miranda.
Los medicamentos que se usan para manejar el trastorno son Ritalina, Concerta y la Atomoxetina, esta última se trabaja sobre todo en adolescentes, ya que pueden tener morbilidades de tipo conductual como depresión.
Una de las polémicas más conocidas en la psiquiatría infantil es si el uso de estos estimulantes para tratar el TDAH aumenta el riesgo de abuso de sustancias en la edad adulta. Las investigaciones sugieren que las personas con TDAH no se vuelven adictas a los medicamentos estimulantes cuando los toman en las dosis recetadas.  Según los siquiatras, la adicción a los estimulantes solo puede ocurrir si el niño los consume sin supervisión.
El siquiatra Germán Casas dice que existen varios estudios que han demostrado que los niños con déficit de atención, que no son tratados, son propensos a tener adicciones a sustancias psicoactivas: “Estos niños en la adolescencia recurren al uso de drogas como marihuana o cocaína, para tranquilizarse. Cuando se comparan con otros que han sido diagnosticados y que están en manejo con medicamentos, los que han estado medicados tienen menor riesgo de ser adictos. De hecho, no existe posibilidad de adicción si se usan las dosis indicadas y los medicamentos adecuados”, afirma.
Esta tesis se comprobó en el estudio LTA, que realizó el Instituto de Salud Mental en Estados Unidos a más de 6000 mil pacientes.
La medicación puede ser de duración corta, apenas 4 horas o larga, de 12 horas. Para determinan cuál es la indicada, los especialistas analizan la respuesta del niño al tratamiento. Si, por alguna razón, el niño no recibe la dosis indicada, se intoxicará: “es lo mismo que le pasaría con el exceso de insulina o acetaminofén. Esta sobrecarga  puede provocar a una falla cardiaca”, asegura el médico siquiatra Cristian Muñoz
Los fármacos están contraindicados en personas con familiares que tengan antecedentes de abuso de sustancias psicoactivas y tampoco se puede suministrar si hay algún tipo de condición cardiovascular, trastorno de tics, arritmia, angina de pecho, hipersensibilidad al medicamente o si se genera una reacción de brote en la piel.
Hay que tener claro que la medicación no es la primera opción, según los especialistas se recurre a esta cuando se comprueba que ninguna de las terapias funciona y son los siquiatras quienes defienden el medicamento indicado. Las pastas se usan sobre todo si se presenta impulsividad, pero hay una gama de apoyos terapéuticos que deben acompañar la medicación donde hay espacio incluso para las alternativas bioenergéticas.
A Daniel Campuzano se le medicó Concerta de 36 miligramos. Se tomó la droga desde quinto primaria, bajo supervisión de su madre, y la dejó en primer semestre de universidad, hace año y medio. Su mamá no estuvo de acuerdo con el tratamiento hasta que vio resultados: “yo era súper naturista, lo llevaba a acupuntura, yoga y, realmente no eran gran cosa, lo único que le sirvió fue el medicamento. Yo sé que trae efectos secundarios pero nos mejoró la calidad de vida, nos bajó la presión, vivíamos en una ansiedad horrible ya que cuando no estaba hiperactivo estaba súper triste, la droga lo estabilizo y lo enfocó, gracias a eso él terminó el colegio”, afirma Claudia Pérez.
La doctora Olga Lucía Casasbuenas aclara que la medicación es la única ayuda que tiene evidencia científica, pero debe existir una participación activa en el hogar con pautas, normas, límites y horarios: “debe enseñarle al niño a dejar la maleta lista desde la noche anterior, a tener un horario para dormirse y para levantarse y debe decirle frases cortas pero con contenido rico: ‘ocho de la noche,  te tienes acostar’, porque de otra manera no lo entienden”, dice.
En el colegio es importante que se tomen también algunas medidas: “el niño debe hacerse adelante, cerca de la profesora para que lo pueda supervisar, hay que hacer contacto visual con ellos y los profesores deben entender que a veces necesitarán más tiempo para terminar sus actividades. Muchos deben moverse porque su cuerpo se los pide, son hipotónicos, esto hay que aceptarlo, también hay que ponerles tareas como borrar el tablero o recoger los trabajos de los otros compañeros”, asegura la especialista en neurología pediátrica.
Efectos secundarios
Un estudio efectuado por MTA (tratamiento multimodal de niños que tienen trastorno por déficit de atención con hiperactividad), en el 2007, reveló que el uso a largo plazo de Ritalina y Concerta podría atrofiar el crecimiento de los niños. Sin embargo, ninguno de los especialistas consultados para esta edición lo mencionó.  Según la doctora Olga Lucía Casasbuenas los efectos secundarios más comunes son el dolor de cabeza, el insomnio y la falta de apetito.
¿Qué deben hacer los padres?
Según Claudia, mamá de Daniel, esta experiencia con su hijo le enseñó sobre si misma: “aprendí mirarlo a los ojos, a ponerlo a respirar. Me metí en yoga y a mi me sirvió ya que me dio la fuerza y la capacidad de volverme más flexible”, afirma.
Al comienzo, reconoce que lo castigó muy fuerte, pero se dio cuenta de que el camino duro no era la solución: “sí, los límites son importantes pero entendí que tenía que darle mucho amor”. Entre las estrategias que descubrió para manejar el problema fue darle una Blackberry que le permitía organizar su vida.
Según Germán Casas, justamente porque los padres no saben cómo manejarlos, estos niños son 6 veces más maltratados que aquellos que no tienen este trastorno. Los padres se frustran, se afectan y se deprimen, por eso existen organizaciones que buscan guiarlos como es el caso de Hidea, una asociación sin animo de lucro, fundada hace 30 años, que no presta servicios de salud ni recomienda ningún tratamiento, pero hace una reunión informativa en la Fundación Santa Fe, una vez al mes, y realiza un curso para padres de un día, una vez al año, en el muestra estrategias adecuadas para tratar el TDAH. Hidea hace parte de una federación que agrupa a varias organizaciones del país: Panda, en Pereira; Gradas, en Medellín, Granada, en Bucaramanga. Todas cumplen la misma función.
Los padres de niños que tienen Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad se someten a maratónicas rutinas con menores de edad incansables y además irritables, ya que se molestan con facilidad si no pueden hacer lo que quieren. Esto limita mucho a las familias y las aísla porque nadie soporta al niño, así que los padres creen que lo mejor que pueden hacer por sus hijos es cansarlos y deciden meterlos a cuanta actividad se les ocurre, desde fútbol hasta equitación. Sin embargo, con el paso del tiempo, se dan cuenta de que esta alternativa tampoco funciona: “Mi hijo se cansaba pero igual volvía a hacer pilatunas”, afirma Claudia, la mamá de Daniel.
Mi hijo se puede curar…
“El TDAH es crónico, como la diabetes, y a pesar de que la medicación ayuda a lograr el correcto funcionamiento de los neurotrasmisores, el 40 por ciento de los niños inatentos serán adultos con déficit de atención residual”, afirma la doctora Olga Lucía Casasbuenas.
La inatención permanece invariable a lo largo de la vida, la hiperactividad  y la impulsividad van disminuyendo al final de la adolescencia. Así le ocurrió a
Daniel Casasbuenas, que ya no usa medicamentos pero sí necesita llevar un cuaderno o agenda en la universidad para concentrarse: “Sí, hay recaídas y para estar enfocado me tomo una píldora de Concerta. Eso es para toda la vida. Uno lo puede manejar y hay que saber llevarlo. Es como el que nace sin un brazo, puede tratar de vivir,  pero esta persona solo tiene uno. Es una falencia”, afirma.
¿Qué son los niños índigo?
Los niños con déficit de atención son muy creativos, sensibles y algunos tienen un alto coeficiente intelectual así que en la corriente de la nueva era han sido descritos como los niños Índigo (quienes tienen el aura de color azul oscuro). Los seguidores de esta corriente creen que representan un estado superior en la evolución humana, pero el fenómeno es considerado un mito pseudocientífico. Sin embargo, sí es permitido el uso de terapias alternativas para reforzar los tratamientos médicos, como la sanación con polímeros o con cristales y yoga. Según la psicóloga Marina Rodríguez, especialista en el tema, estas terapias les ayudan a entender su conciencia.

 

 

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