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Las vacunas, el mejor seguro de vida

Las vacunas, el mejor seguro de vida

La responsabilidad recae directamente sobre los padres. No hacerlo es jugar a la ruleta rusa. No es necesario reiniciar el esquema de inmunización cuando falte

Las vacunas, el mejor seguro de vida
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06 de Noviembre de 2007
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La responsabilidad recae directamente sobre los padres. No hacerlo es jugar a la ruleta rusa. No es necesario reiniciar el esquema de inmunización cuando falte alguna dosis.

Los dos primeros años de vida son un periodo importante en materia de inmunización. En esta época, los niños son más susceptibles de contraer enfermedades; de allí que se piense en vacunar al infante desde su nacimiento, a fin de protegerlo y disminuir los riesgos de que desarrolle una patología en el futuro.

El esquema básico de vacunación para un niño menor de 2 años incluye: una vacuna contra la tuberculosis, cuatro vacunas contra la polio, tres vacunas contra la difteria, tos ferina y tétanos (DPT), tres vacunas contra haemophilus influenzae tipo b, cuatro vacunas contra la hepatitis B, una contra sarampión, paperas y rubéola, dos contra la influenza estacional y una contra la fiebre amarilla.

Después de esta edad se requieren dos vacunas de refuerzo contra la polio, dos de refuerzo contra DPT y una contra sarampión, paperas y rubéola.

También se le pueden aplicar otras vacunas que el Plan Obligatorio de Salud (POS) no cubre: hepatitis A y varicela (después del primer año), neumococo y rotavirus (antes del primer año) y virus del papiloma humano (en las niñas después de los 9 años).

¿Por qué vacunar?

Las vacunas están hechas de bacterias o virus vivos (debilitados) o inactivos (muertos). Estos, al ingresar al organismo, generan la producción de anticuerpos.

El sistema inmune guarda en su memoria el contacto con estos gérmenes y cuando el organismo se enfrenta a los verdaderos virus o bacterias causantes de la enfermedad, sus anticuerpos reaccionan y bloquean la infección evitando que el pequeño enferme.

Sin embargo, ninguna vacuna induce protección en el 100 por ciento de los vacunados, pero sí en el 90 por ciento de estos.

Algunas vacunas o biológicos tienen un efecto protector que permanece en el tiempo. En otros, este se debilita y es necesario administrar dosis de refuerzo periódicamente. Vacunas contra el sarampión, la rubéola, las paperas o la hepatitis B, por ejemplo, otorgan inmunidad de por vida.

Cabe anotar que el éxito de un programa de vacunación, en su objetivo de controlar una enfermedad, depende de la tasa de cobertura en la población. Si se logra un 85 a un 90 por ciento de esta, se establece inmunidad de rebaño: los vacunados protegen a los no vacunados.

Los efectos secundarios más comunes de las vacunas son: inflamación y dolor leve en el sitio de aplicación, enrojecimiento y fiebre. Estos malestares pueden contrarrestarse con acetaminofén (dosis prescritas por el pediatra).

Cuando hay dosis incompletas

En este caso, la inmunidad del niño puede no ser la adecuada y corre el riesgo de enfermarse.

Dado el caso, debe administrarse la dosis faltante. No debe reiniciarse el esquema de vacunación.

De otro lado, algunas vacunas se administran de manera simultánea y esto no afecta su efectividad ni existe el riesgo de que produzcan efectos secundarios en el niño.

70% Es el porcentaje en el cual se estima la efectividad de una vacuna cuando no se administra en el número de dosis correspondientes.

Andrea Linares G.Redactora ABC del Bebé

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