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Vanidad en las niñas: Límites del cuidado personal

Vanidad en las niñas: Límites del cuidado personal

Autoimagen en su justa medida.

Vanidad en las niñas: Límites del cuidado personal
Por: Diana Bello
09 de Julio de 2015
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La presentación personal, entendida como la forma en que una persona se muestra en su vestimenta, aseo y cuidado, es fundamental y se considera un reflejo del respeto que cada quien siente por sí mismo. La vanidad, en cambio, es la confianza excesiva en la atracción causada hacia los demás. Cada concepto debe inculcarse desde la primera infancia en su justa medida.

Es precisamente en esos primeros años de vida, entre los 2 y 5 años, que los niños empiezan a imitar conductas que ven en los adultos, y así, poco a poco, se forman una imagen de cómo cuidarse y mostrarse en el medio en que se desenvuelven.

“A los 2 años, aunque aún no entiende el concepto de vanidad, la niña aprende a explorar y discernir a través de la imitación. Luego, hacia los 3, aparece el juego simbólico, en el cual ella se sentirá motivada a pintar, vestir o peinar una muñeca como una conducta aprendida de su mamá o de otros modelos”, explica Elvia Cuartas Nieto, terapeuta ocupacional, transpersonal y directora de Trisquell Armonía en la Tierra, Centro de Medicina Holística.

De acuerdo con la especialista, en esas edades las niñas solo están copiando, jugando y explorando, pero no tienen la intención de ser vanidosas. Mientras que, hacia los 5 años comienzan a imitar conductas sociales de forma consciente, y si son estimuladas frecuentemente con respecto a la vanidad profundizarían en ese aspecto en años posteriores.

¿Cuál es el equilibrio?

Según Miguel De Suviría Samper, psicólogo y director de la Fundación Alberto Merani, la etapa de los 24 meses es crucial porque en ese periodo se da la identidad de género, es decir, la identificación de cada persona, como mujer u hombre, siendo el aspecto físico uno de los más evidentes.

“Prácticamente todas las niñas entre los 2 y 4 años se miran al espejo, le preguntan a su mamá si son o no bonitas o si lo es su vestuario, porque hay una inclinación natural y también impuesta por la sociedad a centrarse en ese aspecto”, recalca.

Sin embargo, hay que diferenciar muy bien la conducta de cepillarse los dientes, peinarse o ponerse un vestido bonito como señales positivas de autocuidado al basar la vida en la apariencia física. “El límite se pasa cuando el único valor o mérito de una niña, que destacan sus familiares, es su belleza, cuando debe tener 50 cualidades más”, insiste el profesional.

Llegar a ese punto es dejar de reconocer a una persona como un ser integral, que no solo aporta a la sociedad desde un punto de vista, sino desde muchos. Por esta razón, la recomendación es mostrarle a la niña desde temprano que es valiosa por un cúmulo de cualidades, en ocasiones tan importantes o más que la belleza.

La manera correcta de hacerlo es evitando conductas dañinas como, por ejemplo, comparar su belleza con la de otras, especialmente de las hermanas o familiares más cercanos; o no dejar que se vea y exprese como niña, incitándola a adoptar conductas propias de una mujer, como maquillarse. “El mensaje implícito que recibe es que no está siendo valorada por lo que es ahora sino por lo que se va a convertir”, añade De Suviría.

También es vital hacerle caer en la cuenta de sus defectos o aspectos a mejorar, como una manera de ayudarla a convertirse en una persona más equilibrada, feliz y autónoma, pues de lo contrario, al crecer y no ser consciente de todo lo que representa (positivo y negativo), comenzaría a entrar en conflicto con los demás y a sentir que los adultos no fueron honestos con ella.

Por supuesto, lo anterior no significa que cuidarse no sea importante. “Debe haber un equilibrio entre fomentar valores y el autocuidado, porque en este último se afianza la personalidad, el autocontrol y la regulación. Y es que a través del juego las niñas aprenden actividades cotidianas, como comer, descansar o bañarse, que las enseñan a ser responsables con ellas mismas”, explica Elvia Cuartas.

Por esta razón, inculcar el respeto por sí mismo que trasciende a la apariencia física es clave para tener una correcta interacción social con otros niños y ser ordenado en los diferentes entornos en que se mueven, como la familia y el colegio. Si una niña no tiene el hábito de cuidar de sí misma, de adulta dependerá de los demás para que la cuiden y, por lo tanto, no será autónoma.

Cuando una niña desde los primeros años desarrolla una creencia excesiva en sus habilidades como ser atractivo físicamente, tener éxito o brillar socialmente, en la adolescencia siente un vacío que debe llenar con cosas superficiales. “Podría presentar patologías como anorexia, bulimia, ejercicio excesivo o, incluso, la necesidad de practicarse cirugías”, advierte Elvia Cuartas.

De acuerdo con la experta, una niña que no come o está ansiosa todo el tiempo por lo que come muestra una preocupación excesiva que se debe parar en el momento en que se identifica, porque ya hay una alteración emocional evidente que se traduce en una incapacidad para aceptarse y una gran necesidad de cariño.

Además, según Miguel De Suviría, aunque la vanidad en los primeros años se vea como algo inofensivo, el hecho de continuar mostrando a la niña referentes poco equilibrados en ese aspecto, podría inducirla a dañar su autoconcepto y caer en depresión cada vez que algo altere su imagen, como una espinilla en la cara o unos kilos de más. “Esto conlleva a un trastorno de personalidad porque ella siente que solo vale por su empaque”, puntualiza.

     
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2 Comentarios

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Comentarios (2)

2
reveceka
Hace 1 año
Hay que cuidar los límites. Son niños, no adultos pequeños.
1
eltiempotest2
Hace 1 año
test
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