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¿Cómo se da la separación de madre e hijo durante los primeros meses de vida?

¿Cómo se da la separación de madre e hijo durante los primeros meses de vida?

Desde el comienzo de la vida extrauterina, mamá e hijo viven una especie de ?simbiosis? que ocurre a partir de características afectivas, proteccionistas y ev

¿Cómo se da la separación de madre e hijo durante los primeros meses de vida?
Por: Karen Johana Sánchez
25 de Abril de 2013
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Desde el comienzo de la vida extrauterina, mamá e hijo viven una especie de ‘simbiosis’ que ocurre a partir de características afectivas, proteccionistas y evolutivas que el niño necesita.

Sin embargo, hacia los 2 meses de edad empieza a emerger un sentido que, desde el cuerpo, le permite determinar la diferencia entre el interior y el exterior. “Porque el niño empieza a sentir que hay frío, que hay sensaciones y un límite de su cuerpo. Pero de una forma muy primitiva”, explica la psicóloga clínica y psicoterapeuta María Carolina Sánchez Thorin.

Cuando el bebé empieza a ver los pequeños momentos de separación con su madre, cuando añora tener el pecho, la leche y la cercanía, y no lo tiene por un instante, dice la psicóloga, “se empieza a instaurar la posibilidad de imaginar lo que está afuera. Se empieza a romper el principio del placer y se instaura el principio de realidad”. “Esa simbolización es uno de los avances más importantes a nivel cognitivo y emocional. Simbolizar es evocar lo ausente. Ahora, una madre puede ser ‘canguro’ cuatro meses y estar pegada a su bebé todo el tiempo. Eso no quiere decir que el bebé no vaya a poder simbolizar. De todas maneras, va a haber momentos en los que haya una separación, así sea de 5 minutos. El proceso natural lleva hacia la independencia paulatina del bebé”, agrega.

Este proceso de independencia debe darse sanamente, a raíz del apego seguro que el niño tuvo con su madre al comienzo de sus días.

Como lo indica el pediatra y puericultor Juan Fernando Gómez Ramírez, vicepresidente de la Sociedad Colombiana de Pediatría, el vínculo afectivo que establece el recién nacido con sus padres se inicia desde el momento en que es deseado, se incrementa durante la etapa prenatal y alcanza su máxima expresión en la vida posnatal, fortalecido por las vivencias cotidianas, propias de una buena crianza.

Y a raíz de que los niños necesitan un cuidado afectuoso y constante, por parte de los adultos que los acompañan, “surge la situación de apego definida como “aquella relación íntima entre dos personas caracterizada por afecto mutuo y un deseo de mantener proximidad”. Esta relación es perdurable y produce seguridad, agrado y placer”, agrega el médico.

A partir del mes de edad, crece la capacidad para que el niño interactúe con las personas, especialmente con su madre, “con quien constituye una verdadera simbiosis que caracterizará sus relaciones en los meses siguientes”, dice el doctor Gómez.

Es entonces cuando surge un proceso de interacción y enriquecimiento mutuo, que irán consolidando la autoestima, la solidaridad, la autonomía y la felicidad del nuevo ser.

Al respecto, Sánchez Thorin dice que esta unión entre el bebé y la madre debe ser interpretada según la teoría psicológica. Para ella, los postulados de varios psicoanalistas infantiles (como Sigmund Freud, Donald Winnicott, Melanie Klein y Ana Freud), parten de la base de que “para un yo primitivo del niño no hay una diferenciación entre el yo y el mundo. Casi el mundo es la extensión de sí mismo; es el concepto de narcisismo primario. Esto ocurre porque, de alguna manera, todavía la ‘psiquis’ del niño es primitiva”.

Esto no solo es un proceso psicológico, sino que va de la mano de un desarrollo de la madurez cognitiva y emocional del pequeño.

“A medida que se va instaurando el principio de realidad, se establecen las pautas para relacionarse con el mundo exterior, de forma que el niño pueda determinar que el mundo es diferente a él”; agrega la especialista en familia y primera infancia.

La psicóloga también indica que hay otro autor en psicología del desarrollo (Daniel Stern) que dice que cuando el niño es muy pequeño, el sentido de sí mismo se hace a partir de la experiencia subjetiva; es decir, de las sensaciones físicas y emocionales, pero no entiende que hay otro que puede tener esas mismas sensaciones.

Para el pediatra, hacia el sexto mes de vida, cuando el niño tiene ya una notable capacidad social, empiezan a presentarse, a pesar de lo anterior, algunas dificultades de interacción con las personas extrañas, situación que irá acentuándose notoriamente hacia el octavo mes.

“El apego a la madre es cada vez mayor durante el segundo semestre de vida extrauterina. Hacia el octavo mes de edad, es frecuente que el niño sienta inquietud frente a los extraños; se muestra muy receloso ante ellos y observa con suspicacia los rostros desconocidos, lo que indica la capacidad cognoscitiva para detectar las diferencias entre el cuidador conocido y otras personas”, añade el doctor Gómez.

Hacia los 12 meses de edad, dice el médico, el niño obtiene logros fundamentales, como ser consciente de su individualidad (saberse independiente de su madre) y comenzar el ejercicio de su capacidad de elegir (autonomía).

¿Hay niños que no logran separarse?

Para la psicóloga clínica y psicoterapeuta María Carolina Sánchez Thorin, “existen los trastornos narcisistas. Es decir, la regulación del principio del placer con el de realidad no se da, sino siempre hay primacía del primero. Son seres humanos a quienes les cuesta trabajo la empatía (saber qué puede estar sintiendo el otro, entenderlo)”.

Esos trastornos tienen que ver con el abandono en exceso. Entre más cerca esté la mamá con el bebé los primeros meses, así suene contradictorio, más independiente va a ser el niño. “La teoría del apego habla de que los seres humanos venimos biológicamente condicionados a estar cerca de nuestra madre los primeros meses de vida. Si no se da esa condición, se rompe toda una estructura y se forman modelos operativos patológicos, en relación con los otros”, dice.

 

 

 

 

 

 

 

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