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Hijos de padres amorosos logran las mejores metas en su vida

Hijos de padres amorosos logran las mejores metas en su vida

Obtienen logros tanto cognitivos como emocionales. Foto: Thinkstock

Hijos de padres amorosos logran las mejores metas en su vida
Por: Andrea Forero Aguirre
28 de Mayo de 2013
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Desde lo particular, se puede decir que en el amor a un hijo influyen la cultura, el momento en que llegan al mundo, el sexo del bebé, la experiencia que hemos tenido como hijos, y la relación también varía entre padre y madre. Desde lo general, hay coincidencia en que es el único amor que dura para siempre y el que se encuentra disponible y atento en todos los momentos de la vida.

De acuerdo con Milton  Eduardo Bermúdez Jaimes, director del laboratorio de psicología de la Universidad Javeriana, la experiencia del amor hacia los hijos es quizá una de las emociones más grandes que un hombre y una mujer pueden experimentar, pero es, ante todo, una emoción que tiene su origen tanto dentro de la socialización como en un contexto cultural particular. 

“Contrario a lo que se creía hace algunos años, el amor, junto con otras emociones complejas, no son necesariamente fenómenos biológicos o de programación genética, por lo cual no todos los humanos tienen el impulso de demostrar amor a sus hijos. Estudios transculturales muestran que los sentimientos no son iguales, por eso no es equivocado pensar que si uno cambia de cultura, también cambiarían las formas de manifestar ese amor hacia los hijos”, asegura el experto.

Cuenta Bermúdez que para los chinos el amor no es una emoción positiva; el significado del amor se acerca mucho más al de un “amor triste” y se considera una emoción negativa, mientras la vergüenza, para ese grupo, es una emoción positiva. Por el contrario, en nuestra cultura, así como ocurre en casi todas las occidentales, el amor es una emoción positiva, de profundas implicaciones para las relaciones.

Dice el psicólogo que la manera en que crecemos moldea nuestra forma de manifestar el amor hacia los hijos. Así, mientras para un padre chino las expectativas acerca de su hijo se centran en el control emocional, para los occidentales la expectativa se centra en hijos con altos niveles de expresión emocional. Aclara Bermúdez que eso no significa que los niños chinos crezcan con problemas, simplemente así funciona su cultura, y no crecen con esas necesidades de afecto, el problema, añade, sería que uno de ellos fuera criado diferente. 

“Nosotros como padres esperamos que nuestros hijos, en respuesta a nuestro cariño, reaccionen con alegría, con sonrisas y abrazos y, probablemente, esta forma de interacción la recibimos como herencia de nuestros propios padres, en lo que se ha denominado la “transmisión intergeneracional del afecto”, agrega.

Para Bermúdez existen variaciones respecto al amor hacia los hijos, por ejemplo, la intensidad de la experiencia amorosa no es igual con cada uno, varía dependiendo del orden de nacimiento y el sexo de los niños.

El amor hacia los hijos implica un apoyo incondicional que les va a permitir establecer confianza e intimidad en la relación, porque los hijos siempre sabrán que tienen unos padres a quienes acudir en busca de consejo y ayuda.

Agrega Bermúdez que el sentimiento por sus descendientes supone compromiso, saber escuchar y ajustarse a las necesidades según las edades y los momentos del desarrollo de los niños. 

“A pesar de la intensidad de la experiencia amorosa hacia nuestros hijos, no debemos olvidar que el amor no es complacencia absoluta. Los niños necesitan tiempo, enseñarles con el ejemplo, manejar límites y disciplinar”, dice el psicólogo.

Impacto de vida

Señala el experto que la experiencia de amor es la mejor inversión para los hijos, porque los resultados se reflejarán, sin duda, en su futuro. “La investigación ha mostrado que los hijos de padres amorosos logran las mejores metas en su vida, desde el

nivel cognitivo y de rendimiento escolar hasta el nivel social y emocional”, añade.

La teoría del apego también ha mostrado que los vínculos afectivos, sean positivos o negativos, entre los hijos y sus padres, se llevan posteriormente a la vida adulta y pueden afectar o beneficiar las posteriores relaciones de esos hijos adultos con los otros: sus cónyuges y, por supuesto, sus hijos.

“Los adultos que se criaron en un ambiente de amor tienen en su vida experiencias amorosas basadas en amistad, confianza y felicidad, son personas que aceptan mejor a sus parejas e hijos y mantienen relaciones que perduran a lo largo de los años”, puntualizó Bermúdez.

Cuando no hay afecto

• Los niños privados de amor no solamente tienen más posibilidades de crecer con problemas de comportamiento y se les dificultará relacionarse con sus semejantes, también podrían tener alteraciones de desarrollo y tardar más en aprender a caminar.

• Pequeños que no fueron atendidos cuando lloraban y que nunca recibieron cuidados, posiblemente tendrán trastornos de privación afectiva y, por tanto, crecerán más despacio y pueden no alcanzar la talla adecuada de acuerdo con su edad.

• Si no se genera el vínculo afectivo, la respuesta de los niños puede ser agresiva. Habría cambios en su comportamiento que se manifiestan al ignorar a los otros, en la dificultad para jugar y en la incapacidad de tolerar situaciones difíciles o de recibir afecto.

• Si no están acostumbrados a recibir cariño, lo más probable es que al comienzo les cueste trabajo aceptarlo y no sepan cómo comportarse; solamente con el tiempo responden al afecto.

 

 

 

 

 

 

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