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Pensar para actuar

Pensar para actuar

No deje que las emociones lo superen

Pensar para actuar
Por: M. Thorin*
28 de Junio de 2011
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Quizás uno de los aspectos más sobresalientes de las generaciones de niños y adolescentes en la actualidad es la necesidad de la inmediatez o la urgencia de obtener resultados, satisfacciones, respuestas, información inmediata.


También es claro que a muchos padres les cuesta un inmenso trabajo enseñar a sus hijos a tolerar la frustración, el esperar y el detenerse a pensar. 


En  los espacios cotidianos en que existe una falta de tiempo, estrés laboral,  carreras contrareloj, muchas veces como padres olvidamos la importancia del reflexionar antes que el actuar.  La crianza no es una excepción en este ámbito.  Ante situaciones difíciles con nuestros hijos, cuando sentimos que perdemos el control, con frecuencia nos dejamos llevar por la rabia, el desconcierto, la intolerancia y actuamos con ellos sin antes haber pensado. Lanzamos juicios, gritamos y decimos o actuamos impulsivamente sin antes comprender el significado y las consecuencias de sus manifestaciones emocionales. En términos psicológicos, estos episodios son conocidos como actings (actuaciones), es decir cuando la imposibilidad de pensar nos lleva a actuar de forma impulsiva. La mayoría de las experiencias de maltrato infantil son el resultado de actings.  Así mismo, muchos de los comportamientos de los niños obedecen a impulsividad, intolerancia y agresión y son el producto de una dificultad clara de no esperar, pensar y reflexionar por la necesidad de obtener satisfacción a toda costa. 


En esta línea de pensamiento, la relación padres-hijos se torna en un sistema de intentos inmediatos de soluciones fáciles y de esta manera sentir que se controla el momento sin necesidad de pensar. Si tomamos un tiempo para reflexionar sobre las causas y el cómo se van produciendo las experiencias  de crianza día a día, si conscientemente hacemos el ejercicio de detenernos en el tiempo a pensar, el resultado de la relación con nuestros hijos será más profundo, más claro y más consecuente con la realidad emocional propia y la de los niños. Pero, ante todo, nos dará una paz interior más auténtica.


Un ejemplo clásico es cuando un niño hace una pataleta. Los padres que pierden el control necesitan acabarla a toda costa y en vez de reflexionar sobre qué le estará pasando a ese niño, reaccionan con otra pataleta, dándole una palmada en busca de que cese la tensión emocional, pero agravan la situación.   Si esta misma escena la miramos desde la óptica del pensar y reflexionar, al iniciarse la pataleta, los padres buscan la disposición para el pensar, dialogan y analizan lo que está sucediendo, posiblemente caerán en cuenta de que su hijo está manifestando alguna necesidad. Los padres entonces llevan al niño a un lugar tranquilo, lo contienen, lo calman, aclaran lo que está pasando y, muy seguramente, esto lo calmará.  Este marco de análisis muestra la importancia de la paciencia como una capacidad de espera para manejar la situación mediante su facultad de pensar antes que actuar, condición básica para la salud mental de cualquier ser humano.


*Sicóloga
 

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