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La buena crianza no debe confundirse con complacencia

La buena crianza no debe confundirse con complacencia

Una buena crianza no debe confundirse con complacencia o excesiva protecció

La buena crianza no debe confundirse con complacencia
Por: Annie de Acevedo
30 de Julio de 2014
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El amor es fundamental en la crianza y la educación de los hijos. Sin embargo, para que este sentimiento además construya personas responsables, autónomas y felices, se requiere en la dosis adecuada para no caer en la sobreprotección ni en el exceso de permisividad.

La frase del filósofo chino Confucio “Educa a tus hijos con un poco de hambre y un poco de frío” bien describe la forma de criarlos, pues por mucho amor que les demostremos, no podemos compensarles el tiempo que en ocasiones les restamos por nuestras ocupaciones con una extremada complacencia o una excesiva protección o control. Estos dos extremos los conducen a una insatisfacción continua (siempre quieren y piden más) y a una falta de respeto hacia sus padres.

Amar demasiado hace daño cuando los padres educan con alguna de las cuatro características de un amor exagerado: la sobreprotección; la permisividad, cuando les damos todo lo que quieren y no lo que realmente necesitan; el rescate, que es el vivir salvándolos de todo lo que no lo requiere, no dejamos que se equivoquen, aprendan de sus errores y se informen por sí mismos, y el control excesivo, donde el niño se siente observado siempre.

Entonces, cualquiera de estos tipos papás y mamás terminan siendo intensos. No dejamos que nuestros hijos se desarrollen como seres autónomos, capaces de tomar decisiones y cuidar de sí mismos; pero, sobre todo, ser felices.

A largo plazo, la permisividad causa niños consentidos que creen que el mundo les debe todo, pequeños dependientes que piensan que amor significa “hacer que los padres me cuiden; yo no me puedo cuidar solo, soy dependiente”, y niños que creen que son inadecuados y que no son capaces.

En cuanto al control excesivo, produce pequeños rebeldes que deciden que la única manera de mantener el poder personal es haciendo lo opuesto de lo que se les pide o aparentando que están cumpliendo con algo, mientras hacen otras cosas.

Se convierten en niños pasivos que piensan que solo son importantes o valiosos cuando alguien les dice lo buenos que son. El punto medio es por el que abogamos y es el amor sano. Ese con el que somos amables y amorosos, pero a la vez firmes. Se tienen limites y otro ingrediente fundamental, el respeto. Los padres deben respetar a sus hijos; por eso, hay que escucharlos y prestarles atención, pero sin juzgarlos.

Además, hay que permitirles que se involucren en las actividades de la casa y que, como una familia democrática, de acuerdo con su edad, sus capacidades y habilidades, asuman responsabilidades y labores rutinarias.

El amor sano es aquel que acompaña, apoya, guía y muestra el camino con disciplina a través de los límites, para que los hijos aprendan que la vida tiene momentos maravillosos y otros en los que existe la frustración.

Los límites son las mismas reglas que el niño debe cumplir en casa, como lavarse los dientes, acostarse a una hora determinada, no comer frente al televisor, apagar el computador a la hora establecida, etc.Pienso que todo debe regirse con límites, pues la gente más infeliz y con más dificultades psicológicas que conozco, o con problemas de drogadicción y excesos, son precisamente aquellas a las que nadie las corrigió, por eso no saben cuándo parar.

Otro aspecto que afecta a los padres en la crianza es la culpa, pues ellos caen en excesos de cualquier tipo a la hora de disciplinar. Es importante decir que se logra criar hijos a través de la confianza y de un ambiente seguro en el que no busquemos culpables, sino cómo solucionar problemas, y que, además, se les enseñe de los errores y se sientan escuchados y no condenados. Esto es lo justo, aun más cuando se les enseña a ser responsables y a que todo acto tiene una consecuencia a corto o largo plazo.

A los niños hay que darles las herramientas para que tomen decisiones, para que se empoderen de sus vidas y sean seres autónomos, capaces y respetuosos. Los padres no deben ser los pilotos de la vida de sus hijos, sino los copilotos.

 

 

 

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