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El derecho de los niños al miedo

El derecho de los niños al miedo

Algunos miedos los transmiten los padres a sus niños. Ten cuidado.

El derecho de los niños al miedo
Por: Catalina Gallo Rojas
27 de Octubre de 2015
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Quién no pensó, siendo niño, que en la habitación, debajo de la cama, o tal vez del closet, saldría un monstruo terrorífico que no solo le robaría el sueño sino la tranquilidad: eso es sentir miedo.

Sin embargo, los miedos, al igual que el desarrollo físico y emocional, también tienen un proceso y evolucionan con el crecimiento. Es así como el miedo a los monstruos suele aparecer a los tres años de vida, y es común creer que un ser extraño y malo aparecerá en la oscuridad.

¿Qué hacer entonces como padres frente a los miedos de los niños?

Lo primero es entender que es algo natural que evolucionarán con el desarrollo del pensamiento, y como adultos, prodigar un ambiente de seguridad al pequeño.

Según Juana Morales, psicóloga y experta en crianza, el niño se asusta cuando no se siente seguro, por ello puede huir o paralizarse y la misión del adulto es ayudarle a enfrentarlo. De acuerdo con ella, estos son los miedos más comunes según la edad.

El miedo cambia

A los 8 meses, el bebé diferencia las personas cercanas a él de las desconocidas, por lo que puede sentir miedo ante ellas y llore si lo quieren alzar o le hagan juego. No se preocupe, reciba a su hijo en brazos y permítale que poco a poco se familiarice con la nueva persona que le está presentando. No lo regañe ni lo obligue; sea amoroso y cuéntele quién es ese desconocido e invítelo a jugar.

Luego suele llegar el miedo a los objetos grandes que se mueven inesperadamente, como los animales. Ante esto, no acerque el niño a la fuerza hacia el animal si no lo desea, mejor ayúdelo con palabras y protección (ver recuadro). Esa prevención puede ser también hacia un objeto, permítale conocerlo, mirarlo de cerca y saber qué es.

A los 18 meses aparecen los sueños, que suelen despertar a los pequeños. Muchos padres dicen que sus hijos no duermen bien o se despiertan con frecuencia. Lo mejor es acompañarlos en su alcoba mientras se duermen de nuevo.

Lee también: Ten cuidado con tus acciones, pues muchos miedos de los niños los transmiten los adultos.

Hacia los dos años aparece el miedo a la separación de los padres, a que tal vez no vuelvan. Por esto, explica Morales, hay que adelantar buenos procesos de adaptación en los jardines infantiles, para que no se de este miedo cuando el niño ingresa por primera vez, y él atraviese la etapa con el soporte de los profesores y la serenidad de los padres.

También es básico, que cumpla lo que promete al niño, pues él no maneja bien el concepto de tiempo, pero si lo tranquiliza saber que lo recogerán después del almuerzo, o de tomar onces, o que almorzarán juntos.

Con el tiempo, llega el miedo a los monstruos, hacia los tres años; y a los cuatro, el temor a la evaluación de los otros. El niño comienza a entender que los demás pueden hacer juicios sobre su comportamiento y sobre lo que hace.

A los cinco años y medio empieza el temor a fenómenos físicos como las tormentas. Y a los 7 años, llegan los miedos más estructurados, como el miedo a un robo, a que el avión se caiga, a que los ladrones se entren en la casa, etc.

Los niños también pueden generar miedos por malas experiencias, por ejemplo el miedo al agua. Algunos temen a la piscina por una primera mala experiencia y lo mismo puede pasar con los perros o los animales en general. En estos casos, es los padres pueden consultar expertos que les den confianza, como un instructor de natación que ayude al niño a superar su miedo al agua, por ejemplo.

Lee también: A qué le temen sus hijos

Cuando le temen a la oscuridad

Otro miedo común es el que se siente por la oscuridad, y lo que ella pueda encerrar. Al respecto, los padres pueden dejar alguna lamparita encendida, que no le impidan dormir, pero que le dejen ver el espacio. Con el tiempo, el niño aprenderá a dormir sin ella. A veces funciona jugar a las sombras o pegar en el techo o en pared pequeñas estrellas luminosas, y revisar el cuarto con ellos antes de ir a dormir.

El ejemplo

Ahora bien, es bueno entender que no todos los niños son iguales: unos son más sensibles que otros y cada uno tiene su propio temperamento; además, el ejemplo de los papás es fundamental. Muchos de los miedos pueden ser aprendidos de los adultos, ya sea por sus palabras o por sus acciones.

Por lo general, los padres nerviosos suelen tener hijos nerviosos, y los tranquilos, hijos más serenos. Esto puede variar, pero puede afirmarse que el ejemplo es fundamental. Cuando un niño ve que su mamá les tiene miedo a las arañas, por ejemplo, tal vez aprenda a temerlas también, o unos padres muy protectores pueden generar en sus hijos temores muy fuertes hacia el mundo exterior. Por eso es importante que los padres se miren a sí mismos y reconozcan sus propios miedos para poder diferenciar los que pueden tener los pequeños por su crecimiento normal de aquellos que pueden llegar a copiar de los mayores.

El nacimiento de un hijo suele llevar a los padres a preguntarse por sí mismos, por sus valores, su visión de la vida, angustias, cualidades, defectos.

Aproveche la infancia de su hijo para reflexionar sobre sus propios miedos y tal vez descubra que ya no los necesita como defensa ante la vida, que tal vez ya como adulto puede desprenderse de ellos para vivir más tranquilo.

La oscuridad

El miedo a la oscuridad es uno de los más comunes en los niños y suele estar muy asociado con el de los monstruos, porque en el fondo es un miedo a que algo extraño aparezca o suceda mientras la luz está apagada.

El adulto puede ayudar al pequeño a resolver esta incertidumbre de diferentes maneras, como poniendo pequeñas lámparas en el piso o en la mesa de noche, que no le impidan dormir pero que le hagan sentir que cuentan con un poquito de luz a su servicio. Con el tiempo, el niño aprenderá a dormir sin ella.

A veces funciona jugar a las sombras o pegarle en el techo o en la pared pequeñas estrellas que alumbran. Incluso, si al apagar la luz el niño dice que hay algo extraño en su cuarto, usted puede encender las luces nuevamente y revisar el closet y el cuarto para comprobar que no hay seres extraños allí.

Valide el miedo y explíquelo

Cuando su hijo sienta miedo no trate de negarlo, ni le diga que no lo sienta o que se lo quite, porque esto es imposible y en el fondo le envía el mensaje de que sentir miedo es malo y debe evitarse a toda costa.

Lo primero que usted debe hacer como adulto es validar ese miedo, es decir, darle un sentido y una razón de ser. Por eso es importante decirle al niño algo como: “Entiendo que sientas miedo, ese perro es muy grande y ha ladrado muy fuerte”. Con palabras como estas usted le está diciendo a su hijo que el sentimiento tiene su razón de ser y que no se equivoca al sentirlo.

- Después de validar ese miedo, usted puede plantearle al niño diferentes formas de atravesar ese momento. Así, en el ejemplo del perro usted puede decirle algo como: “Si quieres dame la mano y cruzamos la calle por el otro lado del andén para que veas que no pasa nada malo”.

O también algo como: “Te acompaño a saludar al dueño del perro para que nos deje acercarnos y conocerlo, yo estaré contigo todo el tiempo. Es normal que los perros ladren, pero fíjate que este está amarrado y no te va a alcanzar para morderte”.

- El objetivo es lograr que el niño sienta tanto la protección del adulto como su propia capacidad para pasar el momento. Por otra parte, recuerde que el miedo es una alerta, un anuncio de que algo malo o grave puede pasar; por lo tanto es importante para salvar vidas, para evitar accidentes, para que un niño le huya a algo peligroso. De hecho, es lo que hace que los adultos huyan ante un peligro.

Cuándo consultar

Los miedos tienen una evolución natural y todos los seres humanos hemos pasado por ellos sin que se conviertan en un problema; sin embargo, en algunos casos puede suceder que los miedos en los niños se salgan de este rumbo y necesiten ser revisados por un profesional.

Para saber si este es el caso de su hijo, observe si sus miedos le impiden realizar sus actividades diarias, si interfieren realmente en el día a día. Si al apagar la luz el niño tiembla, suda o no quiere por nada del mundo entrar a su cuarto, por ejemplo, tal vez sea bueno consultar a un experto, un psicólogo que lo ayude.

Igualmente, si al separarse de los padres el niño no logra calmarse después de un tiempo, si presenta manifestaciones físicas extrañas como angustia muy fuerte o sudor, es bueno ir con un especialista.

Existen terapias que consisten en aproximar poco a poco al niño a ese miedo hasta que logra vencerlo, es lo que se llama 'aproximaciones sucesivas'. Según la psicóloga Juana Morales, es muy importante que estas terapias las realice un experto.

 

 

 

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2 Comentarios

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Comentarios (2)

2
agb257014
Hace 1 año
que buen articulo
1
eltiempotest776741
Hace 1 año
ok
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