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¿Por qué la tecnología es adictiva?

¿Por qué la tecnología es adictiva?

Las reacciones del cerebro frente a diferentes estímulos desarrollan conductas adictivas.

¿Por qué la tecnología es adictiva?
Por: Tatiana Quinchanegua
12 de Febrero de 2016
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Por estos días, la tecnología se convierte, incluso, en el mejor amigo de los niños: ellos no quieren despegarse de ella. La razón, según Liliana Betancourt, psiquiatra de niños y adolescentes del Instituto de Ortopedia Infantil Roosevelt, es que el cerebro reacciona ante los estímulos sensoriales de tipo auditivo, sonoro y táctil que provienen de los juegos. La luz y los colores de estos son atractivos para los pequeños, quienes crean una conexión con tales estímulos.

Al jugar y pasar de un nivel inferior a uno superior, se produce una activación del sistema de recompensa cerebral, con liberación de neurotransmisores de tipo dopamina y serotonina. Recordemos que este sistema y los neurotransmisores tienen que ver con la generación de conductas adictivas en los seres humanos, y de allí que los juegos puedan generar conductas adictivas.

La doctora Martha Suescún, directora general de la Fundación Libérate, afirma que esta conducta se ve fortalecida porque con los juegos los infantes tienen sensación de dominio, el nivel de dificultad que experimentan se vuelve graduable por ellos mismos, y existe mayor interactividad y retroalimentación sobre sus actuaciones; es decir, el niño sabe que pierde o gana sin necesidad del regaño de los padres o del cuidador.

Para Jessica Arévalo Parra, docente de psicología del Politécnico Grancolombiano, la tecnología es adictiva porque es un mundo llamativo que recrea situaciones deslumbrantes con nuestros personajes favoritos, con recompensas inmediatas y de fácil acceso. (Puedes leer:¿Qué tan ‘adicto’ cree que es su hijo a la tecnología?)

¿Problemas?

Según Parra, la adicción es un proceso mediado por sustancias tóxicas que recrean efectos cerebrales que, a su vez, producen sensaciones de placer y recompensa. Sin embargo, la mal llamada ‘adicción’ a la tecnología es una falta de control sobre el sistema de recompensa del cerebro, encargado de la regulación y el manejo de los estímulos externos que producen sensación de bienestar.

¿Un niño puede ser adicto a los videojuegos? Pues bien, la doctora Betancourt asegura que con un uso desmedido de un juego, una red social o WhatsApp sí se puede contribuir a la creación de una adicción, ya que al jugar o al estar conectados se promueven pequeñas recompensas (sean niveles de juegos, sea el novio/novia que escribe algo que le gusta, sean las amigas que hablan de historias, entre otros) que estimulan los circuitos de dopamina (asociado al placer) y serotonina (asociado a la felicidad y depresión).

Según investigaciones recientes, existe un mayor riesgo de consumo excesivo de alguna de estas herramientas o aplicaciones por parte de los niños de familias disfuncionales pues en ellas, por lo general, hay poca supervisión parental. Lo anterior genera tiempos excesivos en el uso de estas tecnologías por parte de los niños. Por ende, este tipo de irregularidad generada encajaría en buena medida en una dependencia psicológica o comportamental. (Te puede interesar:Tecnología:cómo equilibrar su uso en casa)

Efectos a nivel cerebral

Para la doctora Betancourt, es importante recordar que entre los 0 y 2 años el cerebro de los niños triplica su tamaño, luego de lo cual continúa desarrollándose hasta los 21 años. El desarrollo temprano del cerebro está determinado por los estímulos ambientales, o por la falta de ellos; por lo tanto, estimular un cerebro en desarrollo a través de la sobre exposición a la tecnología (teléfonos celulares, internet, tabletas, TV) ha demostrado tener relación con la función ejecutiva y con déficit atencional, retrasos cognitivos, problemas de aprendizaje, aumento de la impulsividad y disminución de la capacidad autorregulatoria, por ejemplo cuando se presentan las rabietas.

Por otro lado, hay estudios, como los realizados por Cardoso-Leite, publicado en octubre de 2015, que muestran “que existen cambios cognitivos en la capacidad de realizar multitareas de los niños que juegan, pero cuando juegan poco.

Cuando son jugadores intensivos, hay efectos nocivos en los procesos de atención”.

Sin embargo, según la especialista Parra, en el diseño de la mayoría de estos juegos o aplicaciones, este refuerzo se da al poco tiempo de haber iniciado la tarea, por lo cual el cerebro se acostumbra a recibir gratificación de manera inmediata y continua. Esto genera un tipo de comportamiento repetitivo en la búsqueda de la misma sensación de recompensa, lo que ocasiona la falta de regulación y de control sobre este sistema. En la medida que reforzamos este tipo de conductas y los padres permiten que sus pequeños permanezcan conectados por largos periodos y sin control, el riesgo se incrementa. (Recomendado:¿Cuándo y cómo deberían empezar a usar internet los niños?)

Señales de alerta

El mayor problema de los videojuegos tiene que ver con la cantidad de tiempo que el niño pasa con ellos. La Academia Americana de Pediatría y la Sociedad Canadiense de Pediatría manifiestan que los niños de 0 a 2 años de edad no deberían tener ningún tipo de exposición a la tecnología. En el caso de niños de 3 a 5 años, su uso debe ser solo de una hora diaria, y en los niños de 6 a 18 años debería limitarse a 2 horas por día.

Según datos de la Fundación Kaiser, “los niños y jóvenes que usan tecnología 4 a 5 veces más que la cantidad recomendada, pueden generar comportamientos con consecuencias graves, que a menudo pueden llegar a poner en peligro sus vidas.

Las señales de alerta para los padres incluyen cuando el juego reemplaza actividades importantes de la vida real del niño, como estar en movimiento, correr, saltar o estar con sus amigos y su familia.

¿Cuándo consultar a un especialista?

Debes consultar si tu niño muestra dificultades para aceptar las pautas y reglas de uso de los videojuegos. También, si se presentan cambios de comportamiento, aislamiento social, bajo rendimiento académico, quejas atencionales, alteraciones del estado de ánimo, irritabilidad, tristeza, alteraciones del patrón de sueño y anomalías como disminución o aumento de ingesta de alimentos.

 

 

 

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