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Testimonio de cómo vivir con daltonismo desde la niñez

Testimonio de cómo vivir con daltonismo desde la niñez

Andrés Zapata confunde los colores. Ahora, es diseñador gráfico.

Testimonio de cómo vivir con daltonismo desde la niñez
Por: Margarita Barrero
11 de Enero de 2012
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Un tronco verde biche, un atardecer con cielo naranja y unas manzanas grises hacen parte del mundo de Andrés Zapata. Es daltónico y conoció el significado de esa palabra que le sonaba a “enfermedad mortal” a los 7 años, cuando un oftalmólogo, durante un examen de rutina, descubrió que tenía problemas para percibir ciertos colores.
“Recuerdo que mi maestra me hacía pintar una familia, y yo le ponía rosado al pelo porque creía que se veía gris, y la cara era anaranjada, no color piel. Para ella fue evidente mi problema, así que dejó una anotación en mi cuaderno. Esa fue la primera alarma”, recuerda Zapata, quien ahora que tiene 23 años.
Cuando era un niño, su abuela, que lo crió hasta los 12, raspaba la superficie de los colores Prismacolor y encima les escribía los nombres, por ejemplo, rojo o azul.

Esa fue la fórmula que María Lilia Mejía de Zapata se inventó para disminuir el defecto visual de su nieto.
Logró controlar el color en sus cuadernos, pero nada cambiaba la realidad en la vida de su nieto: desde la maleta que llevaba al colegio hasta la ropa que veía tenían otras tonalidades para él. “Desconozco qué son los ocres y los pasteles; nunca han existido para mí”, afirma.
También desatinó en las labores cotidianas de la casa, pues su madre le pedía que le pasara el llavero rojo,  la libreta naranja, el plátano verde o el aguacate, y Andrés se quedaba frente a los objetos durante unos minutos, con la esperanza de descifrar su color. Después de la reflexión, que no le servía de nada,  hacía una elección equivocada.
Durante el preescolar no fue consciente de su problema, pero en el colegio sentía que era diferente y prefería pasar la pena de preguntar todo el tiempo el nombre de los colores que usaba en las pinturas.
Para su tía, Diana Marcela Zapata Mejía, ningún defecto debía opacar la infancia de su sobrino. “Cuando el médico nos contó que era daltónico, me encargué de que Andrés entendiera que lo importante era vivirlo y no sufrirlo. Hay cosas como esta que no tienen vuelta de página, pero me aseguré de que no fuera un problema para él sino una condición”, afirma.
Andrés agradece la forma como su tía le hizo entender la vida. “Creo que en mi familia no le dieron importancia al asunto, ni siquiera podían detectarlo, por fortuna, porque jamás me sentí enfermo, y de hecho es un tema que hoy me permite romper el hielo en una conversación”, afirma antes de contar una de las tantas anécdotas relacionadas con el daltonismo que han marcado sus relaciones interpersonales.
La que más lo hace reír es la que protagonizó a los 10 años con su prima, casi de la misma edad, mientras calcaban figuras de Navidad: velas y árboles con adornos. Su idea era vender estos dibujos, hasta que se frustró cuando su compañera de pilatunas se dio cuenta de que la llama no era amarilla  y que Andrés no había pintado moños rojos sino naranja.
“Ni siquiera podía sacar el papel silueta cuando la maestra lo solicitaba en clase. Me confundía”, recuerda.
Todavía se pegunta si lo que ve realmente tiene el tono que él cree, pero esa complicada relación con el color no le impidió estudiar comunicación social y convertirse en un diseñador empírico –carrera en la que es elemental la teoría de los colores.
“En la universidad vi laboratorio de imagen y sentí que era el  momento de revelar mi identidad, de decirle a la profesora que era daltónico. Ella no me creyó  y me hizo unos exámenes para comprobarlo; luego me pidió que trabajara con lo que veía, y el resultado fueron combinaciones muy raras”, comenta.
Sin embargo, con los años aprendió el código RGB –que  en el computador mezcla el rojo, el verde y el azul para conseguir toda la gama–, y como cada uno de estos colores se reconoce por un número que él se sabe de memoria, logra mezclas exactas. Él ha logrado dominar el mundo del color. De hecho, su empresa de proyectos audiovisuales se llama Al Revés, pues tiene mucho que ver con la forma distinta como Andrés ve el mundo.
Hoy no combina bien los pantalones con las camisas, tiene dificultad para pasar los semáforos y, de hecho, en Londres confundió la línea de metro Picadillo –que es azul oscura– con la Victoria –otra más clara– y terminó perdido. Es consciente de que no hay cura y como él dice: “Nunca dejaré de ser daltónico. No quiero ser de otra manera. Ese es mi superpoder, el que me permite ver los colores de mis sueños”.

Test de Ishihara
La mayoría de los pacientes que tienen este defecto lo desconocen y solo se dan cuenta cuando tienen que presentar este test para entrar a un trabajo como médico, militar, diseñador o arquitecto.  Es un examen de rutina que busca cualquier discromatopsia (dificultad en la percepción de los colores) desde los 7 años. Para detectar el defecto se le muestran al niño –que comprende los números– láminas en las que estos están camuflados con colores específicos. Una persona sin el defecto observa números distintos al daltónico, pues percibe otros tonos. “No hay tratamiento para el daltonismo, pero con el diagnóstico se conoce la gravedad del caso”, afirma el oftalmólogo Víctor Bohórquez.

Reconocer el defecto no es fácil
Es indispensable conocer los antecedentes familiares y tener más cuidado si se han presentado casos anteriores. Según el experto, desde que los niños tienen 3 años pueden separar los colores y ordenarlos en escalas, lo que indica que se puede diagnosticar a partir de esa edad.
Por eso es apropiado hacer la consulta con el oftalmólogo antes de que el niño llegue al colegio. Aunque no existe cura, la madre podrá entender la situación y hacerle más fácil la vida al pequeño. Además, un profesional  puede detectar si el daltonismo está o no relacionado con otras enfermedades.
Cuando no es hereditario, el problema con los colores puede ser un indicador de patologías que afectan el nervio óptico y del deterioro en la visión central. Algunas condicionan la mejor visión y obligan a que el paciente use la retina periférica. En estos casos, el problema puede empeorar. “Las distrofias retinales son espectros de la enfermedad con daños que pueden afectar la visión, a tal punto, que el paciente la pierde”, explica el oftalmólogo Bernardo Quijano.

¿Un daltónico está enfermo?
“El daltonismo es un defecto y no es una enfermedad”, afirma el  oftalmólogo Bernardo Quijano Nieto, especialista en retina. Quienes lo sufren confunden colores y tonalidades. El caso más frecuentes es el que involucra el rojo y el verde. También ocurre con el amarillo y el azul.
“En casos muy raros no captan ninguna tonalidad de color, es decir, hay personas que ven en blanco y negro”, afirma el especialista, quien en 10 años de carrera ha visto a dos de este tipo.
Los ojos entrenados pueden llegar a percibir entre 8 mil y 20 mil colores, como les ocurre a algunos pintores. Todo lo contrario sucede con los daltónicos. El problema tiene que ver con las células fotorreceptoras conocidas como conos, que se estimulan con los colores y transmiten esa información al cerebro; “cada uno de los conos tiene afinidad hacia un pigmento ya sea rojo, verde o azul, razón por la que los daños se dan en estos pigmentos”, afirma el especialista.
Normalmente este es un defecto genético hereditario que está ligado al cromosoma X y lo transmiten las mujeres. Los hombres contribuyen pasando la información para que sus hijas sean portadoras, como ocurre con la hemofilia.  
Pocas veces lo sufren las mujeres, y siempre que ellas son portadoras lo transmiten  a sus hijos barones. “Ellas necesitarían  tener sus dos cromosomas X recesivos para presentar daltonismo, mientras que un hombre será daltónico con solo un cromosoma X recesivo. Por eso, solo el 0,5 por ciento de las mujeres lo sufren; en cambio, el 8 por ciento de los hombres puede tenerlo”, asegura Quijano.
En otros casos, el daltonismo puede ser adquirido; es decir, una manifestación o consecuencia de una enfermedad que afecta la retina.
“El uso de medicamentos también puede generarlo, así como un trauma en el cerebro en cualquier momento de la vida”, afirma.

 

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