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Eduardo Otero, un abuelo que celebra las Navidades con adrenalina

Eduardo Otero, un abuelo que celebra las Navidades con adrenalina

Tiene once nietos con los que, entre otras actividades, monta moto.

Eduardo Otero, un abuelo que celebra las Navidades con adrenalina
Por: Margarita Barrero
16 de Diciembre de 2011
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Sus nietos lo han visto con el pelo azul. No les sorprende. Tampoco se impresionan cuando Eduardo Otero practica trial, una complicada modalidad del motociclismo.
En su casa tiene banderas de campeón de la fórmula Daytona y varios trofeos que ganó en carreras de automovilismo. El monociclo y los patines son como sus zapatos, de uso diario. Siempre ha tenido espíritu de aventura, pero tan solo hace dos años decidió conocer los misterios del mar, y a sus 64 años ya lo ha explorado como buzo certificado. Según sus hijos, lo único que le falta a Eduardo es llegar a la Luna.
“Montar en moto con mis nietos es lo más normal que hago; raro sería que me sentara con ellos a ver televisión”, afirma Eduardo, quien a los 13 años reparó su primer motor y, desde entonces, el automovilismo se convirtió en su fascinación.
La Navidad es una de sus excusas preferidas para fomentar el desorden familiar, por lo que la decoración navideña se instala en su casa un día cualquiera de la primera semana de diciembre, y todos sus nietos acuden a la cita. “Armar un árbol dura tres horas aproximadamente. Sin embargo, el plan para los 11 nietos demora segundos, es rapidísimo. La recompensa es un pizza”, afirma Jimena Otero, su hija mayor.
Cada novena se organiza en una casa distinta, la de algún familiar, y la misión de Jimena es llevar una inmensa caja con maracas, pitos y panderetas para que los niños se diviertan.
Todos cantan villancicos antiguos, que casi nadie se sabe. Ellos los aprendieron en familia, y los más pequeños de la casa leen con la ayuda del abuelo; “desde el que habla monosilábico, porque está aprendiendo, hasta el que lo hace rapidísimo”, cuenta Jimena.  
Con los años, la familia creció tanto que la Navidad se había vuelto una fecha estresante, por lo que Eduardo creó una manera para celebrar sin angustias: “Somos muy unidos, así que reinventé la Navidad: en mi casa se celebra el 23 con los hijos y los nietos; el 24, todos se pierden y el 25, nos reunimos otra vez”, explica
Eduardo, que fue criado en la cuna de una familia bogotana acomodada.
La idea de recibir regalos durante tres días emociona a los nietos, pero el momento más esperado es “la batalla de los papeles”, que se realiza el tercer día de esta faena navideña: todo papel de regalo que circule durante estos días está destinado a convertirse en una bola, el ‘arma’ contundente que usa cada miembro de la familia contra el equipo contrario en la sala, después del almuerzo del 25 de diciembre.
“Es una costumbre de la que no se salva nadie; ni la bisabuela, y tampoco los invitados. La recomendación es hacer trincheras para protegerse y disponerse a vivir una guerra de papeles que dura una hora. Al final, todos arreglamos la casa”, cuenta Otero.
Los obsequios del abuelo son los más esperados porque son originales, inteligentes y divertidos: “El año pasado les regalé unos zancos de 60 centímetros, que mandé a hacer especialmente en Tocancipá. Algún día les regalaré monociclos. Este año, les voy a dar un lazo para que salten y se diviertan”, dice mientras busca con una sonrisa la aprobación de sus hijas.
Jimena, su hija mayor, tiene presente varias navidades en las que su papá ha organizado concursos con fuchi ball y llantas de carro. Él  es el árbitro.
“Un día montó una carrera de observación para que los niños tuvieran que atravesar obstáculos antes de encontrar sus regalos, y son geniales ‘las olimpiadas de la risa’ que se inventó desde que éramos pequeños, para que nos enfrentáramos a diferentes retos deportivos  durante todo el día, y que también organiza con nuestros hijos”, recuerda ahora, a sus 40 años.
Eduardo está decidido a no regalar nada convencional. “Una de mis grandes frustraciones fue darle al mayor un pantalón. Cuando lo vio, su cara se puso triste y me dijo: ‘Abuelo, eso ya lo tengo’. Esa fue mi cura”, dice.
Desde entonces sus obsequios son memorables; por ejemplo, un 26 de diciembre, algunos años atrás, su sala se convirtió en una zona de camping en la que cada nieto montó la carpa que le dio su abuelo y usó la linterna para caminar en la oscuridad.

Un ‘loco’ sin remedio
María, de 10 años, ha vivido cada una de estas experiencias, y cuando era más pequeña decía que su abuelo estaba loco, sobre todo después de que dio tres botes en el pasto para sorprenderla y jugar con ella; “pensé que se iba a romper, pero se paró como si nada. Nunca lo olvidaré”, recuerda.
Nada refleja la edad de Eduardo: ni su físico, y ni siquiera su frondoso pelo blanco. Sus hijas recuerdan que cuando tenía 30 años ya lucía así. Llegaba al colegio y la gente pensaba que era su abuelo. En su taller tenía todo lo inimaginable. Pasaban más tiempo en el autódromo que en la casa. Tenían pantalones con excremento de vaca de la finca, y nunca le tuvieron miedo a las ranas. “Cualquier locura, desde que la hiciéramos con casco, no importaba”, afirma Jimena.
En su época de padre, evitó los miedos en sus cuatro hijos, y ahora se siente totalmente desinhibido con sus nietos.
“Ser abuelo es volver a vivir lo que hice con mis hijos, pero con más libertad y sin estrés; eso es lo que me gusta”, dice Otero, a quien nunca le han llamado la atención ni los cigarrillos ni el licor. “Solía brindar sus logros con vasos de leche”, dicen sus amigos.
Buena parte de su vida la dedicó a mezclar sus pasiones: los carros y la economía, que estudió en Estados Unidos. Ahora que está retirado de Eduardo Toro y Compañía, la empresa que le dio éxito, ser abuelo se convirtió en su profesión.
Pero no es el típico abuelo que se sienta en la sala con los nietos a leerles cuentos y que sufre cuando uno de los niños quiere esculcar entre sus recuerdos. Es más bien de los que un viernes, a las 6 p. m., en cambio de pensar en acostarse a dormir, quiere prender el carro e iniciar una aventura en algún pueblo.
“Ver a mis nietos en una actividad fuerte es una maravilla. Quisiera que fueran cada vez más extremos; claro, siempre y cuando lo hagan con precaución”, dice.
Se declara apasionado del deporte, por lo que sus planes en Villa de Leyva, donde tiene una casa, se relacionan con el campo.
Es feliz, pero se ha ganado unos cuantos regaños. Sus hijos todavía no pueden creer que haya llevado a todos sus nietos, uno a uno, por el paso del Ángel, un arriesgado precipicio entre agua y tierra. “Fue muy emocionante. Todavía lo recuerdo. Tengo 9 años y creo que ya nada me da miedo”, dice Jerónimo, uno de los nietos que vivió esta aventura.
Cuando no está con sus adoraciones en una caminata, bajando por una montaña con un cartón o recorriendo el campo en cuatrimoto, los sube a todos en ‘el
invendible’, una camioneta que se usa para el juego de los niños porque es tan vieja que al venderla no se le ganaría un peso.
Algunas personas cercanas a Eduardo piensan que conoce el mundo mejor que alguien de 80 años, pero él cree que le faltan varios viajes en cuatrimoto por carreteras destapadas en compañía de sus 11 nietos: el mayor, nacido en el 99, “es el del siglo pasado”, dice, y la bebé apenas tiene 3 meses. “Espero que Dios me dé la bendición y la salud para lograrlo”, dice.
Cree que su forma de ser abuelo no viene de un ejemplo que haya seguido, sino que está en su sangre, pues recuerda que su abuela, María Luisa Ponce, tenía grandes detalles, como cuando le cocinaba mojicones solo para él; “los de Eduardito”, decía. “Ella era igual de alcahueta a mí: yo tenía 15 años y ya me prestaba el carro”, afirma.
Ahora, en su casa, rodeado de su familia, reconoce el paso del tiempo y piensa que pronto no habrá juego para su edad, pero mientras eso ocurre vive para escuchar a sus nietos decir: “Abuelo, tú que estás tan supremamente anciano, dime ¿cuál es la aventura hoy?”.

 

 

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