Amor incondicional: pilar fundamental de la crianza

Estar dispuesto a aceptar al otro y ayudarlo a crecer física, mental y emocionalmente es lo mejor que puedes hacer como padre.

Amor incondicional: pilar fundamental de la crianza
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Por: Catalina Gallo Rojas
noviembre 22 de 2016 , 10:11 a.m.

Amar a un hijo es preocuparse desde el alma cuando cambia el ritmo de su respiración, es levantarse a las tres de la mañana para comprobar que la fiebre ha cesado y por fin descansa, es abrazarlo después de una caída mientras que aprende a caminar, es cambiar un pañal con urgencia para que su piel no se irrite, es pasar noches en vela esperando a que el pediatra responda la llamada.

Es también verlo crecer y reír, es sacar la tarjeta de crédito para pagar el juguete que le gustó, es aprender a hacer papillas, esconder los dulces en la alacena, ponerse serio y fijar límites, sentir angustia por el futuro o miedo por no saber qué hacer. Sobre todo, es dejar salir de sí mismo todos esos sentimientos potentes que se desconocían y que te llevan a defender a ese ser con un instinto casi animal, a la vez que desear para él el amor más generoso que la vida espiritual puede imaginar.

Sí, el verdadero amor es el motivo más genuino por el cual los padres desean lo mejor para su hijo y es lo que los impulsa a acompañarlos frente al mundo con fortaleza y decisión. Tal vez lo que no se dice siempre en voz alta es que el amor se aprende y los hijos pueden ser los mejores maestros, porque amar a uno hijo es también aceptarlo como es, respetar su manera de andar por el mundo, permitirle crecer a su ritmo, dejarlo explorar sin miedo, no agredirlo de ninguna forma, no gritarle, no esperar a que cargue con las frustraciones de los padres, ni obligarlos a cumplir los sueños que ellos no alcanzaron.

Este amor que no agrede, que contiene, que respeta y que dejar crecer, nutre a los hijos emocional, física, mental y espiritualmente, y hace también que los padres atiendan las necesidades básicas del pequeño, cuiden su salud y respeten su físico. El amor incondicional no depende de nada, ni de las acciones y las ideas de los hijos, ni de que sean justamente como los padres lo soñaron; respeta la diferencia, acepta los gustos propios, sus errores, su personalidad, su imaginación y muchos “no” como respuesta antes criterios y miradas distintas.

Cuando se ama de verdad a un hijo no se le obliga a trabajar, no se abusa de él física ni emocionalmente, se le protege de la agresividad de la calle, del hambre, del frío, de la violencia intrafamiliar, y se respeta a la pareja como una forma de honrar a esa persona con quien se le ha dado vida al hijo.

Por salud

El niño que es amado crece más sano, se recupera más pronto de las enfermedades, se quiere a sí mismo, se hace respetar, aprende más fácil, se relaciona mejor con otros, juega más, es generoso, aprende a conectarse son sus propias emociones cuando se hace adulto, en el futuro construye relaciones de pareja sólidas, toma mejores decisiones, resuelve más fácil los problemas y enfrenta con mayor seguridad las dificultades.

En últimas, se conoce más a sí mismo, valora lo que tiene y es más feliz. Todo esto repercute en su bienestar físico, mental y emocional. Estos beneficios los demuestran los científicos.

Según un estudio realizado por psiquiatras y neurocientíficos de la Universidad de Washington en St. Louis, Estados Unidos, los niños en edad escolar que han sido bien cuidados por sus madres cuando bebés tienen un hipocampo más grande, una región del cerebro fundamental para el aprendizaje, la memoria y la respuesta al estrés.

De acuerdo con Unicef, “los niños y niñas que carecen de la guía y protección de una persona adulta suelen ser más vulnerables y corren un mayor riesgo de padecer violencia, explotación, trata de menores de edad, discriminación y otros abusos”.

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La expresión del amor

Los bebés y los niños necesitan que sus padres les expresen el amor que sienten por ellos con caricias, palabras y acciones. De acuerdo con expertos consultados con anterioridad por ‘ABC del bebé’, la piel es uno de los principales medios de comunicación entre adultos y recién nacidos, explica la neuropediatra Olga Lucía Casasbuenas.

Por medio de ellas se transmite información al cerebro y este libera algunas sustancias químicas, como la oxitocina y las endorfinas, que son las hormonas del cariño, del afecto y de la capacidad de transmitir las emociones a los demás.

“Con las caricias también se activa el sistema límbico, cuya red neuronal interpreta y libera sustancias que producen armonía, felicidad y satisfacción a la persona”, asegura Casasbuenas.

La especialista agrega que otro de los beneficios de la oxitocina, que en los recién nacidos se segrega cuando reciben caricias y están felices, es que ayuda a combatir los efectos del estrés. “La oxitocina baja el nivel de presión arterial cuando se encuentra alto debido a problemas estresantes, lo que disminuirá el llanto y las molestias”.

En declaraciones al diario ‘El Tiempo’, Martha Cristo, psicóloga del programa Madre Canguro Integral del Hospital San Ignacio de Bogotá, afirma que las caricias llevan la información captada a través de nervios a la médula espinal, al tálamo y a la región parietal de la corteza cerebral, generando funciones fisiológicas y profundizando el vínculo afectivo entre el niño y sus padres, factor esencial en el desarrollo físico y emocional”.

Este poder de las caricias se mantiene durante toda la vida. Es útil para los bebés, los niños y las personas adultas. En todos los seres humanos y en todas las edades, se necesitan expresiones de amor y de cariño con acciones y palabras. Porque el amor verdadero no es impostado ni mentiroso, proviene de padres y madres reales que se aman a sí mismos y conocen sus aciertos y equivocaciones, personas que han decidido embarcarse en la aventura de ser padres, seguras de que harán todo lo posible por ser los mejores.

Es posible aprender

Es claro que la mayoría de los padres ama a sus hijos y no desea hacerles daño, pero a veces, sin querer, los lastima emocional o físicamente. Los padres no nacen aprendidos y cometen errores con sus hijos.

Cuando tengas dudas sobre qué hacer o cómo enfrentar una situación difícil, lo mejor es consultar tu corazón y, si te dice que sientes rabia, rencor, molestia o enojo a causa de una acción, un comportamiento o unas palabras de tu hijo, es mejor esperar a que estas emociones pasen para luego reaccionar. Si esto no es posible y agredes a tu hijo, es probable que después llegue el arrepentimiento.

En estos casos, es bueno hablar con él y explicarle que se cometió un error. Aceptar que los padres no son perfectos y que se equivocan es también un acto de amor, porque es enseñar a pedir perdón y a perdonar, es crecer juntos y es enseñar a relacionarse desde las infinitas posibilidades que ofrece ser humano.

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