Cuando un juguete o un muñeco son su obsesión

Un juguete favorito ayuda a formar vínculos con el entorno, pero que no se convierta en obsesión

Apego muñecos

Los expertos diferencian el vinculo, un cariño sano y constructivo, del apego, una obsesión que no permite desarrollar actividades cotidianas de forma

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Por: Juan Diego Quiceno Mesa 
marzo 20 de 2018 , 11:55 a.m.

Pepe mide 40 centímetros. Sus ojos son de color negro y su piel, café. No habla ni sale mucho; solo tiene una amiga, a la que le es fiel y de la que no se separa nunca, Mariana, de 5 años. Pepe es un muñeco que la niña recibió como regalo de su papá hace tres
cumpleaños.

El peluche ha acompañado a Mariana en los momentos más difíciles de la corta edad de la niña: su primera noche durmiendo sola, por ejemplo; y aunque para muchos padres o
abuelos esto podría ser un problema, quizás una forma de apego que más que ayudar la hace débil, algunos especialistas afirman que esta puede ser una experiencia favorable si se sabe manejar, y dentro de ciertos parámetros.

Para empezar, la doctora Bianca Camacho, terapeuta y magíster en psicología clínica y
de familia, señala: “Es positivo si el niño utiliza el muñeco para validar su confianza”. Esto quiere decir que si el niño tiene un buen entorno, goza de amor, apoyo y comprensión, su muñeco, como en el caso de Mariana, es una extensión de esa seguridad emocional.

Si, por el contrario, advierte la doctora Camacho, “el menor no tiene un vínculo fuerte con sus padres, es posible que busque en el juguete una seguridad emocional que los adultos a su alrededor no le dan. Y eso puede producir apegos peligrosos”. Si no existe una relación fuerte de amor y acompañamiento, en especial con la madre, dice la doctora, “puede que el niño se vuelva tímido o, incluso, agresivo. En los primeros años
de vida, los niños entienden el mundo a través de sus emociones: si tienen rabia, si se sienten seguros, si están tristes o felices
. Y esas emociones las producen los adultos que interactúan con ellos. Si el pequeño no se siente seguro en su entorno, va a empezar a buscar esa sensación a través de su juguete”.

Señales de alerta 

La pregunta clave es entonces en qué momento el muñeco u objeto se vuelve una dificultad. La doctora Camacho considera necesario hacer dos importantes diferenciaciones: “Un vínculo es un lazo afectivo que una persona desarrolla con
otra, con una situación o con un objeto. El apego, en cambio, es una obsesión que condiciona mi estado emocional y me hace pensar y creer que si no tengo eso o que si no se dan las cosas de tal modo, nada va a estar bien, lo que genera dependencia.
Si el niño es incapaz de desprenderse de su juguete, se vuelve un tema preocupante”.

Respecto a eso, Gloria Luz Toro Ángel, psicoanalista y autora del libro La casa que vivimos, sobre la importancia de la infancia, añade: “Aunque hay una etapa en la cual es importante que el niño tenga un juguete favorito, ya que eso va formando sus preferencias y gustos, cuando este objeto se vuelve fundamental para la realización de cualquier acto de la cotidianidad aparecen los problemas”.

Ambas expertas coinciden en que es usual que un menor haga uso de un muñeco u objeto para llenarse de confianza y seguridad cuando se enfrenta a experiencias nuevas que le representen cambios importantes en su vida, por ejemplo, dormir solo la primera noche en su cuarto, su primer día de jardín, entre otras vivencias, y en esos
entornos no tiene problemas; por el contrario, puede darle la seguridad que necesita y sentir el apoyo o acompañamiento de sus padres.

Sin embargo, si este comportamiento se vuelve dependiente y el juguete aparece en las situaciones más normales, como el baño o la salida al parque, hay inconvenientes que se deben empezara tener en cuenta.

Para la doctora Ángel hay además una señal de alerta importante: “Cuando el niño comienza a concederle vida al juguete, y entonces conversa con él, o llora cuando otra persona toma el objeto, pidiendo que no lo lastimen o no lo golpeen... eso no sería en absoluto bueno”.

El papel de los padres

Frente a la situación, lo que las expertas aconsejan es tranquilidad. Camacho señala que “no hay que exagerar. El rol de los adultos es el de acompañar, calmar y guiar. No posicionarse porque eso genera resistencia. No decirle que eso está mal, porque le vamos a generar un conflicto. Seguramente, el menor se va a preguntar ‘¿por qué está mal algo que me hace sentir bien?’. Lo que hay que hacer es determinar qué necesidad tiene el niño y cómo atenderla. Si es un niño tímido, cómo ayudarle a desarrollar seguridad interna. No exigirle ser seguro”.

Por lo tanto –continúa la experta– no es apropiado despojar al pequeño de su objeto en un acto brusco y sin mayor consideración. “En esos casos hay que intentar ponerse en los zapatos del niño: lo que para nosotros es una cosa sin importancia que se puede quitar a la primera, para ellos se ha vuelto una necesidad. Sí, sabemos que estamos ante una situación que no es saludable, pero el paso por seguir no es esa ruptura,
sino determinar cómo podemos suplir esos vacíos.

Si lo hacemos correctamente, el niño va a ir abandonando esa situación por sí solo, a medida que va creciendo. Lo más seguro es que poco a poco se cambie el muñeco por los amigos de carne y hueso”, recomienda Camacho.

Con respecto a tema, la doctora Ángel habla de la posición de algunos padres de “criar a sus hijos pretendiendo que ellos tengan todo lo que el adulto no tuvo en su niñez. Eso suena muy bonito, pero, llevado al extremo, se puede volver una cosa muy material. Entonces llenan al niño de juguetes y se olvidan de lo emocional. Es difícil decirlo, pero a algunos adultos les facilita mucho más su rol como padres tener al niño rodeado de objetos, ensimismado en un juguete”.

Las dos expertas concuerdan en que enseñarle al niño a entender sus emociones, a controlarlas y, sobre todo, a prestar atención a ellas es fundamental para evitar que un chico desarrolle apego dañino a un objeto. Y en el camino, incluso, puede permitir a los adultos educarse en ese mismo ámbito.

“Muchos, al igual que los niños, no sabemos nada acerca de nuestras emociones. Los
adultos no tenemos peluche, pero sí apegos a cosas materiales, que en su correlación son nuestros juguetes.
Hay que atender emocionalmente a los niños, en una cultura en la cual se les ha dado mucho valor a las atenciones materiales. Siempre hay que tener presente que un niño atendido emocionalmente es un adulto emocionalmente maduro, listo para afrontar el mundo”, concluye la doctora Camacho.