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Un bebé que deja de crecer dentro del útero

Un bebé que deja de crecer dentro del útero
Lunes, 1 Octubre 2007 - 10:24am
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La restricción en el crecimiento intrauterino se puede diagnosticar en el útero o en el nacimiento. Las causas son de tipo materno y fetal.

Cuando se habla de un bebé de bajo peso y talla, son varios los factores que entran en juego para encontrar un diagnóstico que confirme el origen de esta condición. La constitución pequeña de ciertos bebés responde, a veces, a la herencia familiar, otros nacen antes de tiempo por diferentes circunstancias y algunos simplemente dejan de crecer porque desarrollan anomalías genéticas, infecciones o los afectan enfermedades asociadas a la gestante.

Es aquí cuando se habla de ‘restricción en el crecimiento intrauterino’, patología que se puede diagnosticar en el feto o, en ciertos casos, en el recién nacido. “Un bebé cursa esta enfermedad si su peso al nacer está por debajo de lo esperado para su edad gestacional y, en el feto, se sospecha la existencia de esta anomalía cuando dicho peso no corresponde al tiempo de embarazo que señalan las tablas ecográficas”, afirma Édgar Acuña Osorio, jefe de la Unidad de Medicina Materno Fetal del Hospital de San José.

Se estima que de 3 a 5 bebés por cada 1.000 presentan la enfermedad con un diagnóstico confirmado. Las condiciones que aumentan el riesgo de que ésta se desarrolle son: edad avanzada o adolescencia, tabaquismo, alcoholismo, desnutrición, drogadicción, embarazo previo con restricción, hipertensión crónica, diabetes, patologías renales, pulmonares, cardiopatías o cualquier enfermedad eruptiva en el embarazo.

Causas

Son varias las que originan esta restricción, por lo cual se habla de tres tipos: simétrico, asimétrico y mixto (combina los dos anteriores).

Simétrico. “Después de la semana 14 de gestación, puede observarse que el feto crece pequeño en talla y peso, es decir, tanto en huesos como en tejidos blandos”, afirma el ginecoobstetra Fernando Laverde.

Esta clase de restricción se diagnostica antes del cuarto mes de embarazo y se estima que inciden factores propios del feto como problemas cromosómicos (síndrome de Down, trisomía 18) y de tipo infeccioso (toxoplasmosis, rubéola, citomegalovirus).

A través de hallazgos ecográficos y pruebas bioquímicas en sangre materna se determina el riesgo de la presencia de una alteración cromosómica en el feto, pero sólo a través de una prueba como la amniocentesis (análisis del líquido amniótico) se confirma.

Las enfermedades infecciosas pueden diagnosticarse a través de antecedentes clínicos y exámenes de laboratorio en la gestante, así como pruebas en líquido amniótico.

Asimétrico. “El bebé viene creciendo bien pero, repentinamente, por alguna enfermedad que ocurre en determinado momento del embarazo, generalmente después de la mitad del mismo, el feto deja de crecer: pierde tejido blando, pues se achica la circunferencia abdominal, debido a que el hígado, órgano que ocupa la mayor parte de esta, utiliza las reservas de alimento allí contenidas, ante la ausencia de un aporte externo”, dice Laverde.

Según Acuña, se presentan enfermedades en la madre que pueden producir la obstrucción de los vasos sanguíneos de la placenta, interfiriendo en el paso de nutrientes y oxígeno al feto. “Una de las causas más frecuentes es la hipertensión asociada al embarazo o preeclampsia”, indica. La maduración placentaria, el tabaquismo y la diabetes también pueden hacer que el bebé deje de crecer en la segunda mitad del embarazo.

¿Cómo hacer el diagnóstico? Algunos signos físicos de la madre pueden indicar que el bebé no está creciendo adecuadamente: no sube de peso y la altura uterina no corresponde a la edad gestacional del niño. Por medio de ecografía se miden los huesos y tejidos fetales para determinar cualquier desfase entre la edad gestacional y el tamaño del bebé. A través de un doppler, que estudia los vasos arteriales y venosos del feto, se miden los flujos sanguíneos desde y hacia la placenta.

“El pequeño que no recibe suficiente oxígeno genera mecanismos compensatorios para proteger el cerebro y las glándulas suprarrenales, enviándoles la mayor parte del flujo sanguíneo; al riñón, en cambio, le envía menos, por lo cual filtra menor cantidad de orina”, explica Laverde. Conocido el diagnóstico, se hace un control médico continuo para garantizar el bienestar fetal y de la madre.

Riesgos en el bebé

Puede morir en el útero si no tiene adecuado control y vigilancia. Al nacer, requerirá ingresar a la Unidad de Recién Nacidos. Tiene riesgo de problemas metabólicos, pulmonares, intestinales e hipoglicemia. Es probable que no tolere la vía oral y empiece a vomitar. Puede presentar alteraciones en su desarrollo neurosicomotor que posteriormente afecten su aprendizaje. Posibles problemas visuales, auditivos, coronarios, hipertensivos o de diabetes en el futuro.

¿Cuándo desembarazar?

En algún momento habrá que hacerlo, pero esto depende de los factores materno y fetal. La idea es que el bebé se aproxime a la semana 36 de gestación, cuando la situación lo permita.

En el primer caso, se tiene en cuenta si la condición de la gestante se puede controlar y si el bebé se encuentra bien. “Si es una preeclampsia controlada y se alteró el crecimiento del feto, pero el líquido amniótico es normal, así como las pruebas de bienestar fetal, podemos hacer un control seguido y estricto de signos vitales y un doppler diario o cada cuarto día, según la severidad del caso”, explica el ginecoobstetra Édgar Acuña.

Cuando el doppler muestra que el feto tiene alto riesgo de morir, se procede a desembarazar de inmediato, independientemente de la edad gestacional. Si, en cambio, el bebé se encuentra estable pero la gestante tiene un compromiso renal y cardiovascular, se saca al bebé ante el riesgo de que la mujer fallezca.

Andrea Linares G.Redactora ABC del Bebé

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